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Lunes 12 de Enero, 2026 17 vistas

Los perros de Armando: No son solo… perros

Por Armando 
Guglielmone.
En 2005, en Carlos Paz, Argentina, un hombre llamado Miguel Guzmán decidió regalarle a su hijo un perro, un cachorro mestizo cruza con ovejero alemán. El perro, como es de suponer, desarrolló un vínculo incondicional con la familia, pero al año de estar ahí, Miguel, quien lo había regalado a su hijo, falleció de manera sorpresiva. Mientras estaban velándolo, Capitán, tal el nombre del perro, desaparece. Lo buscaron por meses infructuosamente sin resultados, hasta que un día, la viuda y el hijo al ir al cementerio lo ven, estaba echado frente a la lápida de su dueño. Nadie sabía cómo había llegado hasta ahí, mucho menos como había logrado encontrar entre cientos de tumbas, la de Miguel. 
Durante 11 años no se movió de ahí, dormía sobre la lápida bajo sol, lluvia e incluso nieve. El personal del cementerio le daba de comer y un veterinario local lo atendía. Envejeció junto a su dueño, quedó ciego, enfermó, pero siempre estuvo ahí hasta que falleció, en 2018. Y fue enterrado junto a Miguel, su dueño. Hoy, una estatua en Villa Carlos Paz, lo recuerda a Capitán, como símbolo abnegado de fidelidad. 
Casos como estos, que ocurren en todo el mundo, son los que nos impactan, y lo hacen pues no encontramos respuesta a una fidelidad y amor que trasciende la vida. Desde que los perros nos acompañan como tales, hace más de 10.000 años, aparte de los cambios físicos evidentes a simple vista que los diferencian del lobo y sobre todo entre ellos, el mayor cambio ocurrió en su mente. Los perros lograron algo que ningún otro animal logró, entendernos sin necesidad de palabras. Aprendieron a percibir cómo nos sentimos, a olfatear nuestro estado de ánimo, a reaccionar acorde al olor que sienten en nosotros, incluso a saber si estamos enfermos antes que nosotros lo sepamos. Saben discriminar si estamos enojados o bromeando muchas veces aún sin cambiar el tono de voz, nos observan. Son los únicos animales que miran a nuestros ojos prestándonos atención, siendo capaces de observar donde señalamos, cosa que ni los supuestamente más cercanos a nosotros, los primates, son capaces de hacer. 
En 2016, unos científicos húngaros enseñaron a unos perros a quedarse quietos en la camilla de un resonador, y al analizar el cerebro de estos vieron que usan un hemisferio para analizar qué les decimos, y el otro para analizar cómo se lo decimos. Esto demostró que los perros comprenden nuestro lenguaje, descartando la creencia de que responden meramente por repetición. Incluso sus ladridos responden a una necesidad de vincularse con nosotros, lo desarrollaron como manera de comunicarse mejor. Los lobos, de quienes descienden, casi no ladran, no lo necesitan para su supervivencia, en cambio los perros lo hicieron una herramienta más que útil para nosotros. Ladran para advertirnos del peligro, para demostrar felicidad, para ayudarnos a salir de trances emocionales, para protegernos. 
En un experimento en el cual se hizo olfatear a perros el olor de sus dueños, los cuales habían sido sometidos a situaciones de miedo y felicidad, los perros al olfatear demostraron las mismas emociones que habían sentido sus dueños. Incluso en otro experimento, se seleccionaron parejas de personas con perros y sin perros, sometiendo a ambos grupos a tareas estresantes mientras eran monitoreados cardíacamente. El resultado fue sorprendente, las personas que tenían el perro cerca de ellos se sobreponían muchísimo más rápido que las que no tenían perro, incluso más rápido que las que no tenían perro y tenían su pareja al lado. 
La respuesta a por qué ocurre esto es simple, los perros nos dan apoyo emocional sin juicio, no nos evalúan ni esperan algo particular de nosotros, solo están ahí, para nosotros. Para quienes han experimentado problemas emocionales y han tenido un perro a su lado, esto siempre se ha puesto de manifiesto, porque, aunque no lo percibamos en ese momento, si miramos a nuestro perro a los ojos, veremos que nos está sintiendo.