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Si te acostumbrás demasiado, no te animás

Todos buscamos, de alguna manera, estar un poco más tranquilos. Tener algunas certezas , construir una rutina, saber dónde estamos parados. Después de todo, buena parte de la vida consiste también en eso, en encontrar lugares, personas y costumbres que nos hagan sentir seguros. El problema quizás empiece cuando esa tranquilidad se transforma en comodidad. Y la comodidad, casi sin avisarnos, empieza a decidir por nosotros.

Nos acostumbramos a hacer las cosas de determinada manera. A frecuentar los mismos lugares, escuchar las mismas opiniones, recorrer los mismos caminos. Y un día descubrimos que ya no elegimos tanto como creemos, simplemente repetimos. “Siempre lo hice así”. “Estoy bien como estoy”. “¿Para qué cambiar?”. “Capaz que sale mal”.

Son frases pequeñas, cotidianas, aparentemente inofensivas. Pero detrás de ellas muchas veces se esconde algo mucho más profundo, el miedo a movernos del lugar que conocemos. Porque a veces no dejamos de avanzar porque nos vaya mal. Dejamos de avanzar precisamente porque estamos lo suficientemente bien como para no animarnos a algo distinto.

Cuando somos jóvenes, hacer algo por primera vez parece natural. Aprendemos, probamos, nos equivocamos, volvemos a empezar. Con los años acumulamos experiencia, y eso es maravilloso. Pero también acumulamos responsabilidades, certezas y cosas que no queremos perder. Quizás por eso el verdadero desafío sea conseguir que la experiencia no nos quite la curiosidad. Porque la experiencia debería servirnos para elegir mejor los riesgos, no para dejar de correrlos.

Animarse tampoco significa vivir irresponsablemente ni cambiar por cambiar. Significa conservar la capacidad de preguntarnos si aquello que hacemos desde hace años sigue siendo la mejor manera de hacerlo. Significa escuchar una idea diferente sin descartarla antes de tiempo. Reconocer que podemos equivocarnos. Aprender algo nuevo. Empezar nuevamente cuando sea necesario. Y eso sirve para una persona, una empresa, una institución, una ciudad o un gobierno.

Quienes tenemos hoy responsabilidades de gestión tampoco podemos permitirnos la comodidad del “siempre se hizo así”. Gobernar también exige animarse. Escuchar, innovar, probar caminos diferentes y, cuando algo no funciona, tener la humildad suficiente para corregirlo.

No todo lo nuevo será necesariamente mejor. Ni todo lo anterior merece ser cambiado. Pero administrar solamente lo conocido puede ser más cómodo, transformar exige inevitablemente asumir algún riesgo.

Ese desafío también nos interpela a nosotros. Tenemos la responsabilidad de cuidar lo que funciona, recuperar aquello que vale la pena y, al mismo tiempo, no conformarnos. Porque una gestión que se acostumbra demasiado corre el mismo riesgo que una persona, dejar de preguntarse hasta dónde puede llegar.

Tal vez la verdadera tranquilidad no sea conseguir una vida en la que nada cambie. Tal vez sea saber que, aunque las cosas cambien, todavía conservamos las ganas de aprender, de empezar y de volver a intentarlo. Acostumbrarse está bien. Nos da raíces, certezas y lugares a los que pertenecer. El problema es acostumbrarse tanto que un día descubramos que dejamos de animarnos.

Y mientras tengamos algo que aprender, algo que mejorar o algún desafío que todavía nos incomode un poco, siempre habrá una buena razón para seguir avanzando. Porque, al final, si te acostumbrás demasiado, no te animás.