Por el Padre Martín Ponce de León
Con el correr de los días he ido conociendo a algunas de las personas que están en situación de calle y pasan sus horas en una de las plazas de la ciudad.
Al primero que conocí más detenidamente fue a “Racha”. Con él compartimos muchos momentos de conversación mientras gastábamos algún pucho. Un día desapareció puesto que la muerte lo tomó de improviso.
Tiempo después me encontraba, en diversos lugares, conversando con “Julio”. No era su nombre, pero se le conocía por ese apelativo. Desde muy temprano se encontraba tomando caña hasta que un día, entre el frío y su mala alimentación (prefería tomar y no tanto comer) dio el paso a otra vida.
Entre ambos estaba, para conversar momentos Cristhian. Era todo un personaje entre los “pide pan” de la plaza. Hacía casi quince años que se encontraba viviendo en la calle pese a tener su familia en uno de los barrios alejados del centro de la ciudad. Un día, vaya a saber los motivos, recibió unas puñaladas que lo llevaron a estar internado y luego a abandonar la plaza para irse a vivir con su hermana en el barrio donde vivía.
Wilson era, sin duda, uno de los veteranos que iban quedando. Con él conversábamos de sus andanzas de trabajo en las chacras de Corralitos, de su hijo y su familia, de su amistad con “Julio”, de su ciática, de su casamiento (hecho por el P. Verme) y de cómo había perdido muchas de sus pertenencias.
Siempre tenía algún cuento para compartir. Se jactaba de lo abrigada que era su campera producto de la mucha mugre que la cubría. Hasta se reía de la mugre de su campera.
Hoy tomaba unos mates, sentado en uno de los bancos de la plaza cuando otro “pide pan” me dice: “¿Se enteró que murió su amigo Wilson?”. Como yo no sabía nada de ello, pasó a relatarme lo que había sucedido. Verdaderamente me dejó sin palabras puesto que me tomó por total sorpresa la noticia.
Hace poco le dije que tenía unas ropas para él y me pidió se la retuviera por un tiempito para que no la perdiera y, la misma se quedó depositada en la valija del auto. Un infarto puso fin a sus días.
Cada uno de ellos cargando una historia personal muy compleja. Cada uno de ellos disfrutando, a su manera, de la libertad que le otorgaba la calle. Cada uno de ellos tratando de ignorar el desprecio que muchas veces recibía por su condición y disfrutando de cada saludo recibido o de las oportunidades que podían recibir de ser escuchados por otros.
Estar en situación de calle no era, para ellos, un problema, sino una opción de vida. Esa opción, como todas, tenía sus luces y sus sombras y no les importaba no ser entendidos o ser rechazados. En oportunidades, resultaba incomprensible escucharlos hablando de lo felices que eran con su libertad y su no tener que asumir obligaciones que les pudiesen complicar la existencia.
Sin duda que el consumo problemático de alcohol debe de haber tenido algo que ver en su infarto puesto que, muy en claro tenía, los lugares donde vendían la bebida que consumía y el lugar donde se vendía más barato.
Lo único que se me ocurría era pensar en que ya no necesitaría de su campera abrigada de tanta mugre, ni utilizaría más sus mocasines con la suela doblada hacia el interior a la que se había acostumbrado utilizar y ya no le molestaban más.
Al retirarme de la plaza, impactado por la noticia recibida, debí mirar los bancos del lugar y descubrir que los mismos iban quedando tremendamente vacíos y una silenciosa oración brotó en mi interior. Descansa en paz.
Sábado 15 de Noviembre, 2025 519 vistas