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Miércoles 26 de Agosto, 2026 36 vistas

Aprender a vivir con el río

Por Pablo Vela
Hay ciudades que tienen una montaña. Otras tienen el mar. Salto tiene un río.
Parece una obviedad, pero quizás convenga detenernos en ella. Porque el río Uruguay no es solamente un paisaje, la costanera o la postal que identifica a la ciudad. El río también es una fuerza natural que, cada tanto, nos recuerda que está ahí.
Y cuando sube, nos sacude.
En las últimas semanas Salto volvió a experimentar una creciente que, si bien fue considerada ordinaria y no requirió evacuaciones en masa, dejó una advertencia que sería imprudente ignorar. El río descendió, pero las autoridades mantienen el monitoreo y la preparación ante un escenario climático que podría complicarse en los próximos meses.
Desde Salto Grande se ha señalado, además, que la permanencia del río en niveles relativamente elevados podría convertirse en algo habitual durante los próximos meses, en un contexto asociado al fenómeno de El Niño.
Y el pasado 17 de agosto llegó una advertencia todavía más concreta: la Intendencia de Salto informó que existe un 80% de probabilidad de que entre octubre y diciembre se produzca un escenario de lluvias e inundaciones de fuerte intensidad, con la posibilidad de superar lo ocurrido en 2015, uno de los episodios más importantes que recuerda nuestra ciudad.
No se trata, entonces, de sembrar miedo.
Se trata de hacer algo bastante más difícil: prepararnos para la posibilidad sin esperar a que la emergencia nos obligue a hacerlo.
Porque quizás uno de los mayores errores que cometemos con las inundaciones sea pensarlas como acontecimientos excepcionales. El río crece, las autoridades activan protocolos, algunas familias deben abandonar sus casas, aparecen los centros de evacuación, se organizan donaciones, se multiplican las imágenes de agua y barro. Después, el río baja. Y poco a poco volvemos a olvidarnos.
Hasta la próxima creciente.
Tenemos los pronósticos, quizás haya llegado el momento de cambiar esa lógica.
No podemos seguir pensando la inundación solamente como una emergencia. Tenemos que empezar a pensarla como una variable permanente de la vida de Salto.
Eso no significa resignarse a convivir con el agua dentro de nuestras casas. Todo lo contrario. Significa asumir que una ciudad que vive junto a un río debe planificar sus obras, sus espacios públicos y sus sistemas de emergencia teniendo en cuenta que el río no va a desaparecer.
Para algunos, el río es una caminata por la costanera, una tarde de pesca, una puesta de sol o un recuerdo familiar. Para otros, puede significar tener que abandonar temporalmente la vivienda, trasladar pertenencias, buscar refugio, interrumpir el trabajo y enfrentar nuevamente la incertidumbre de no saber cuándo podrán regresar.
Por eso la preparación no puede reducirse a tener puntos de evacuación. Eso es indispensable, pero es apenas una parte de la respuesta. Prepararse también significa discutir donde construimos, como protegemos a quienes viven en las zonas más vulnerables, como comunicamos los riesgos y que hacemos durante los meses en que el río está tranquilo.
Porque hay una paradoja en todo esto.
El momento más importante para prepararnos para una inundación es cuando no estamos inundados.
Cuando el agua está lejos es cuando se puede planificar, invertir, corregir, ensayar, coordinar y aprender de las experiencias anteriores.
Ahora falta transformar esa información en una cultura de prevención.
No alcanza con mirar el río cuando sube.
Hay que aprender a mirarlo también cuando baja.
Porque el río va a seguir estando ahí. Habrá años tranquilos y habrá años difíciles. Habrá pronósticos que se cumplirán y otros que no. Habrá crecientes ordinarias y habrá episodios excepcionales.
Lo que no debería ser excepcional es nuestra capacidad de estar preparados.
Porque si sabemos que el río volverá a crecer, la verdadera pregunta ya no es si debemos prepararnos.
Es que estamos dispuestos a hacer hoy, mientras todavía está bajando, para que mañana la creciente encuentre a Salto mejor preparado que ayer.