Hay una ciudad que todos vemos. La de las calles, las plazas, las luces, los espacios públicos, los lugares de encuentro y aquellos rincones por donde transcurre nuestra vida cotidiana. Pero hay otra ciudad que casi nunca vemos. Una que empieza a funcionar mucho antes de que muchos nos levantemos y que sigue trabajando cuando otros ya terminaron su jornada.
Es la ciudad de quienes cuidan una plaza, cortan el pasto, podan un árbol, reparan un juego, recuperan un espacio deteriorado o trabajan para que una luminaria vuelva a encenderse. Es también la de quienes recorren, controlan, atienden un reclamo o salen frente a una emergencia. Son cientos de pequeñas tareas que pocas veces son noticia, pero que hacen una enorme diferencia.
Cuando una plaza está cuidada, parece lo normal. Cuando las luces se encienden al caer la noche, nadie piensa demasiado en ello. Cuando un espacio público está en condiciones para que una familia pueda disfrutarlo, simplemente se disfruta. Pero alcanza con que alguna de esas cosas deje de funcionar para comprender cuánto importaba.
Recuperar un espacio público, mejorar una plaza o ampliar la iluminación puede tener un momento visible, una foto y hasta una inauguración. Mantenerlo funcionando durante los meses y los años siguientes es bastante menos visible. Requiere recursos, planificación, funcionarios, controles y una presencia permanente. Porque el deterioro no avisa y el uso cotidiano de una ciudad plantea desafíos todos los días.
Durante mucho tiempo la política se acostumbró a medir su importancia por el tamaño de los anuncios. Grandes discursos, grandes proyectos, grandes promesas. Y claro que una sociedad necesita proyectos importantes, obras que transformen y sueños que permitan mirar más lejos. Pero gobernar también consiste en algo bastante menos espectacular: conseguir que las cosas funcionen y hacer el esfuerzo para que sigan funcionando.
Porque para el vecino el Estado no es una definición teórica. Es lo que encuentra cuando sale de su casa.
Hoy asumimos una nueva responsabilidad en el Gobierno Departamental encabezado por Carlos Albisu y hemos hablado mucho de recuperar el orgullo de ser Salteños. Y ese orgullo no se construye solamente con grandes acontecimientos. También se recupera cuando volvemos a apropiarnos de nuestros espacios públicos, cuando una plaza vuelve a ser lugar de encuentro, cuando una zona oscura, recupera iluminación y cuando sentimos que la ciudad está cuidada.
Detrás de cada espacio que se mantiene, de cada luz que vuelve a encenderse y de cada servicio que continúa funcionando hay personas. Funcionarios que conocen su tarea y que muchas veces trabajan cuando nadie los ve. Hay equipos que coordinan, decisiones que deben tomarse, prioridades que ordenar y recursos que nunca son infinitos.
Seguramente nos falta mucho. Sería absurdo pensar lo contrario. Hay lugares donde debemos mejorar, servicios que necesitan respuestas más rápidas y problemas acumulados durante años que requieren tiempo, recursos y constancia. Gobernar también significa reconocerlo, sin esconder las dificultades y sin utilizarlas como excusa. Pero hay algo que sí podemos decidir todos los días, no resignarnos.
Y a eso nos comprometemos, a asumir la responsabilidad que se nos dio con el entusiasmo, dedicación y compromiso que siempre hemos tenido, pero sabiendo que somos parte de un gran equipo que dejara todo para que cada Salteño se sienta orgulloso del lugar donde vive.