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Jueves 26 de Febrero, 2026 10 vistas

El poder de mi voz interior

Por Alexandra Ledesma
Socióloga y 
Educadora Sexual
Hay una conversación que no podemos evitar, que se da todos los días, a cualquier hora, en cualquier momento, y es esa que es conmigo misma. Esa vocecita que no escucha nadie más, ni mis amigos, ni la familia, ni mi pareja, ni los hijos, solo yo. Esa conversación determinante de muchas cosas en nuestra vida, la que define, nos salva o nos hunde. 
La forma en que nos hablamos, nos construye o nos destruye, y no es solo una frase armada, es una realidad, el cerebro aprende en la reiteración, y las palabras marcan a fuego. Si nos repetimos que no servimos, que no somos suficientes, que no le gustamos a nadie, que no somos dignos de querer, empezamos a creer en eso más que en cualquier otra cosa. 
Estas palabras nos marcan, además de creencias, un mapa que nos conduce por la vida, son parte de esa voz interna que nació un día en nuestra niñez y que fue alimentándose año tras año, o en muchas ocasiones son voces que una vez fueron externas pero que empezaron a sonar como propias.
Y es ahí donde empezamos a ser jueces de nosotros mismos, y de la forma más cruel, nos decimos cosas que jamás le diríamos a alguien, nos hablamos duramente, nos castigamos, nos culpamos. 
Si nos hablamos mal, si nos maltratamos, nos alejamos cada vez mas del amor propio tan necesario,  porque este comienza con esa voz interna, es esta voz que nos invita a querernos o a maltratarnos. 
No se trata de intentar convencernos de algo, ni mucho menos de repetirnos frases vacías y sin sentido, se trata de buscar otra forma, de hablarnos bonito, de cambiar las preguntas o la forma de cuestionarnos todo como si ya naciéramos sabiendo. Cambiar el ¿qué hice mal para que me pase esto?, a ¿qué tengo que aprender de esto?, es eliminar el auto-flagelo, se trata de que todo lleva un proceso, que también lleva tiempo y que de eso estamos aprendiendo. 
Cuando este dialogo cambia, cambia también nuestra manera de ver y encarar el mundo, y con ello también sumo a las personas. Una persona que se habla y se trata con respeto, sabe que es lo que merece, sabe lo que no está dispuesto a permitir, sabe dónde y que limites poner porque cuenta con mayor claridad. Alguien que se trata con amor y compasión no acepta migajas. 
La forma en que nos hablamos alcanza nuestro entorno, no solo porque les estamos enseñando como tratarnos sino que también aprenden a tratarse ellos mismos con amor. 
Si lo trasladamos a la pareja, esto se traduce en aquello que ya no toleramos, porque sabemos que hay cosas que no merecemos, o por el contrario, no recibimos cosas que estamos seguros que merecemos. La energía sabe traspasar, y los demás así lo sienten, si habitamos con amor nuestro cuerpo y mente, el entorno también sabrá cómo tratarnos. 
Hablarse con amor no es soberbia, pasa también por la responsabilidad emocional, es tener claro que la relación más larga y comprometida en nuestras vidas, es con nosotros mismos, y si ese vínculo se basa en el cuestionamiento constante, es imposible sostener un vínculo sano. 
Cambiar la forma en que nos dirigimos a nosotros lleva tiempo, aprendizajes, y sobre todo conciencia, pero cada vez que elegimos frases bonitas, que nos retroalimentan, que construyen, estamos tomando el rumbo correcto. 
El verdadero poder no está en lo que otros dicen o intentan hacernos creer, está en eso que nos decimos al vernos al espejo, es esa voz interna que motiva cuando nadie escucha...y es nuestra.