Por el Padre Martín Ponce De León
Hace poco hablaba con una persona y le manifesté lo difícil que me había resultado encontrar un villancico que, al referirse a los “Reyes Magos” no utilizase nombrar que eran tres y decir sus nombres. Con cara de desconcierto me miró y me preguntó la razón de mi dicho.
Le manifesté que en los evangelios no se hace mención a unos “Reyes”, sino a “unos magos venidos de oriente”. No se detiene, el relato evangélico a numerar la cantidad a la que se refieren al decir “unos magos”
El tres ha sido producto de tradiciones posteriores que buscaban especificar que el término “unos” no hacía otra cosa que referirse a las distintas razas conocidas en aquel tiempo, a más de la del pueblo de Israel.
Poco tiempo después esos “tres magos” recibieron nombres que los identificaban, con la finalidad de establecer una presencia más cercana junto al Niño de Belén.
Favoreció a esta tradición el hecho de que los relatos evangélicos hacen referencia a tres obsequios: “oro”, “incienso” y “mirra”. Este hecho no es otra cosa que un lenguaje para decirnos que, aquellos “magos” reconocían en el Niño de Belén a un ser que era rey, pero desde su condición divina y humana.
Cabe, también, explicar el término “magos”, puesto no hace referencia a lo que nosotros conocemos por tales. Cuando hablamos de “magos” hacemos referencia a aquellos que se dedican a la magia. En aquel tiempo, “magos” era una denominación genérica para designar a seres que se dedicaban a la astrología, la lectura de los signos astrales, la alquimia o actividades del estilo. No faltan quienes incluyen en esa denominación a los que dominaban el poder curativo de las plantas y a aquellos que se dedicaban a la realización de pócimas curativas.
Sin lugar a dudas, la denominación “Reyes Magos” no es una denominación evangélica, por más que, muchas veces, los curas hablemos de tal denominación. Con el paso del tiempo se ha ido convirtiendo en una verdad y llama la atención cuando uno manifiesta que no existe certeza de cuántos eran, ni sus nombres.
Por otra parte, están aquellos estudiosos que van un poco más allá y cuestionan la certeza histórica de tal hecho y quedándose en el valor de signo que tal relato posee.
Entre los integrantes de las primeras comunidades cristianas estaban los que sostenían que Jesús había venido “Para las ovejas descarriadas del pueblo de Israel”. Centrando su postura en tal afirmación evangélica sostenían que Jesús era un judío que había venido, sólo, para los judíos y para seguirle había que hacerse judío recibiendo el bautismo de la circuncisión.
Es allí donde surge con mucha fuerza el relato que nos ha ocupado en este artículo, puesto que, desde los comienzos mismos de su hacerse humano, se había manifestado a todos los hombres representados en aquellos seres (los “magos”) representantes de todas las razas conocidas en ese entonces.
Lo verdaderamente importante es la lección que el evangelista pretende darnos, hoy, a nosotros para llegar a Jesús. En primer lugar, la necesidad de saber leer los signos de los tiempos y como ellos nos dicen de Jesús, y, así, de Dios. En segundo lugar, la necesidad de posponer lo nuestro para ir detrás de lo que se nos está mostrando y nos conduce a Jesús. En tercer lugar, la necesidad de llegar hasta Él para reconocerlo en la totalidad de lo que es.
Entre mitos y tradiciones nos podemos perder lo importante de un relato que no busca ser otra cosa que una lección que nos ayude a llegar hasta Jesús y darle lo que somos.
Lunes 24 de Noviembre, 2025 34 vistas