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Sábado 29 de Noviembre, 2025 4 vistas

Desde el comienzo

Por el Padre Martín Ponce de León
Puede parecer una pequeñez, pero no lo es. Cada año, la Iglesia, se nos invita a vivir el tiempo acompañando, desde el comienzo, la historia de salvación vivida por Jesús.
Todo comienza con el “Si” de María a la acción de Dios. Dios le solicita autorización a María para utilizar su vientre en el comienzo de la humanización de Dios.
Dios, para mostrar su cercanía, quiere hacerse hombre y, para ello, quiere comenzar a gestarse en el vientre materno de María. Dios no avasalla ni se impone, sino que requiere el consentimiento de María para que su proyecto se haga realidad.
El “Si” de María se hace rostro en cada Navidad. El amor de Dios se hace humana cercanía en el niño nacido en Belén. El amor de Dios irrumpe en nuestra historia.
La Iglesia nos invita a vivir este comienzo de una manera particular e intensa. 
Cada uno de nosotros estamos llamados a colaborar para que el amor de Dios continúe irrumpiendo en el hoy de nuestra historia y, para ello, Dios solicita nuestra disponibilidad.
Para colaborar a que el amor sea presencia en el hoy debemos permitir que nuestro corazón se colme de amor y, para ello, debemos estar disponibles.
Jesús comienza a ser en nosotros cuando somos capaces de actuar conforme el amor de Dios en nuestra vida. Ello no es sencillo, pero, siempre, podemos comenzar a intentarlo.
Es mirar al otro y aceptarlo en su originalidad. Es no juzgar, desde nosotros, a los demás. Es intentar brindar lo mejor de nosotros para colaborar a que el otro se ayude a ser mejor persona. Es estar cerca de los demás para que nos ayudemos en la construcción de un mundo más fraterno y justo.
Navidad no es una fecha del calendario, sino que, debe ser, una actitud interior con la que asumimos nuestra relación con los demás y con el proyecto de Dios.
Navidad es el convencimiento de que Dios asume nuestra historia y quiere contar con nosotros para que la misma se colme de su amor. Ese acontecimiento lo hacemos realidad cada vez que logramos que el rostro de alguien se ilumine de color de felicidad y su rostro brille de dicha al saberse amado y, por lo tanto, digno.
Navidad no es, únicamente, detenernos a observar un acontecimiento del ayer, sino que miramos el ayer para poder proyectarlo al hoy o al mañana.
Como cristianos somos invitados a vivir este tiempo de preparación para el advenimiento del amor de Dios hecho persona y para las personas. 
El mundo de hoy nos está gritando y no podemos resignarnos a escuchar su grito. Necesitamos asumir nuestra responsabilidad e intentar poner trozos, cada vez más grandes, de amor entre todos los que hacen a nuestra realidad. Siempre habrá alguien esperando les obsequiemos de nuestra capacidad de amor.
Es para ello que se nos invita a comenzar el tiempo de la acción salvadora de Jesús desde el comienzo de su irrupción en nuestra historia. Para que, también nosotros, la podamos hacer continuidad y vigencia.
No podemos limitar la celebración de la Navidad a una fecha en rojo en el calendario, ni a una simple comida cargada de tradición o a una celebración plena de un recuerdo del pasado ya acontecido y nunca reiterado.
Navidad es una celebración que comienza a prepararse con la disponibilidad de nuestro corazón a permitir que el amor sea desde nosotros a los demás.
Para que ello sea posible es que se nos invita a vivir este tiempo unidos a Jesús desde el comienzo de su humanización.