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Lunes 08 de Junio, 2026 139 vistas

El Retorno

Sandro— ¡Buenas, buenas…! Pero mirá qué postal. JotaCe, madrugaste y te pusiste a charlar temprano con la "maquinita". ¿Qué verdades universales están desculando a estas horas? Jajajajaja.
 

JotaCe— Cierto, Sandro. Me atrapaste en pleno debate. El asunto viene a cuento de una charla de los otros días con un amigo de Montevideo. Me corrió por el lado de los pagos y me preguntó a boca de jarro por Marcelo Malaquina. Quería saber si el hombre tiene luz propia o si es apenas otro eslabón en esa larga cadena de herencias políticas, a la sombra del apellido del padre.
 

Sandro— ¡Ah, metió el dedo en el ventilador el capitalino! ¿Andan con ganas de medir el aceite local? ¿Y qué le respondiste, si se puede saber?
 

JotaCe— Que por ahora, a nivel nacional, es un apellido que resuena más por la nostalgia que por el presente, y que corremos el riesgo de asistir a más de lo mismo: el eterno retorno del linaje y nada más. Sinceramente, no me imagino al "Flaco" Malaquina dejándose ningunear por sus socios políticos de la época. Sin embargo, hoy vemos que no pasa nada, porque el desdén con que lo vienen tratando actualmente a Marcelo en la CORE local, demuestra que el muchacho tiene poca fuerza.
 

Sandro— Bueno, pero mojate un poco más, tirate a la piscina… Jajajajaja. ¿Qué es exactamente "más de lo mismo" para tu paladar?
 

JotaCe— Para ser categórico, Sandro: si dejamos de lado la dinastía Batlle, a Pedro Bordaberry y a Luis Lacalle Pou —que sin dudas supieron construir su propio tonelaje político—, el resto de los "hijos de" en las últimas décadas han transitado, la mayoría, con más pena que gloria.

 

Sandro— Pará la mano, viejo, estás barriendo con la escoba gruesa...
 

JotaCe— Me remito a los hechos. Por supuesto que la historia grande es otra cosa y los Batlle juegan en una liga inalcanzable. Pero hoy, cuando mirás el tablero actual, el apellido te abre la puerta del comité, pero no te asegura la estatura de estadista. Ese es el examen que los herederos siempre rinden bajo la lupa más exigente. Pero dejemos que aporte un tercero... "Maquinita", ¿qué opinan tus algoritmos?
 

AI— El fenómeno de los "hijos de" con luz propia es un clásico en la política uruguaya, pero la regla general suele ser implacable. Coincido en separar las excepciones históricas y contemporáneas que mencionan. Fuera de esos apellidos que lograron validarse en las urnas y en la gestión con un peso específico propio, la mayoría de los herederos han caminado varios pasos atrás de sus progenitores. En algunos casos flagrantes, incluso, las trayectorias de los descendientes habrían avergonzado a los propios padres.
 

Sandro— Coincido plenamente con el aparato. Se me vienen a la mente, de primera línea, a Wilson Ferreira Aldunate, donde sus hijos, Juan Raúl Ferreira y su hermano Gonzalo. Usando el apellido, en particular Juan Raúl, cayeron en la política como los gatos: siempre parados. Pero firmaron actuaciones que, francamente, hubieran avergonzado al mismísimo Wilson.
 

JotaCe— No pases por alto el plano de la izquierda. Zelmar Michelini fue una figura inmensa, un mártir de la política uruguaya asesinado en Buenos Aires. Su hijo Rafael ocupó bancas en el Senado y en Diputados pasando sin pena ni gloria, con más ruido que nueces. Su hermano Felipe, ya fallecido, al menos tuvo la prudencia de limitarse a trabajar técnicamente en política sin buscar un protagonismo que le quedara grande. Y, por supuesto, es imposible obviar al "viejo" Raúl Sendic, cuya memoria fue deshonrada por su propio hijo. Siendo presidente de ANCAP y líder del sector más votado del Frente Amplio en 2014, dejó la empresa pública fundida; y luego, siendo Vicepresidente de la República, protagonizó una renuncia histórica y bochornosa por el uso de las tarjetas corporativas en beneficio propio.
 

Sandro— Para cerrar el inventario, te la devuelvo al plano local: ahí tenés al "Pepe" Vinci, toda la vida a la sombra de Don Ramón. Y si volvemos a lo nacional, está el caso de Rodney Arismendi, secretario general histórico del Partido Comunista y un teórico de peso continental. Su hija, Marina Arismendi, llegó a ser senadora, secretaria general de su partido y Ministra de Desarrollo Social en dos gobiernos... pero con una impronta ideologizada y una gestión personal que más vale olvidar. 
 

AI— En definitiva, el análisis de los linajes políticos en el Uruguay contemporáneo nos deja una conclusión de laboratorio: el apellido familiar en la política funciona exactamente como un fuerte viento a favor al momento de largar la regata, pero jamás sustituye la pericia del timonel cuando el mar se pica.
 

Los datos y la historia reciente demuestran que el electorado uruguayo, aunque profundamente tradicionalista y propenso a la nostalgia, es también uno de los más rigurosos de la región. Cuando un "hijo de" intenta sostenerse exclusivamente sobre el bronce de sus antepasados, sin el tonelaje intelectual, la destreza de gestión o la templanza ética que el cargo exige, la estructura del partido termina convirtiéndose en una jaula de oro. En la arena política del siglo XXI, el capital heredado dura lo que un suspiro en una interna, a la larga, la ciudadanía siempre termina cobrando el peaje de la autenticidad. Los nombres que hoy recordamos con brillo propio son, justamente, aquellos que supieron “matar al padre” políticamente para nacer con luz propia. El resto pasa a ser, apenas, una nota al pie de página en la historia de los comités.