Dr. Gonzalo Deléon
Colegio Médico del Uruguay
Consejo Regional Norte
Durante las últimas décadas, los avances de la medicina, las mejores condiciones de vida, la prevención y el acceso a tratamientos eficaces han permitido que cada vez más personas lleguen a edades avanzadas. Pero detrás de esta buena noticia aparece una pregunta que como sociedad todavía debemos responder: ¿estamos envejeciendo bien?
Porque vivir más años no necesariamente significa vivirlos con buena salud, autonomía y calidad de vida.
Envejecer es un proceso natural. No es una enfermedad. Sin embargo, a medida que aumenta la expectativa de vida, también crece la posibilidad de convivir durante muchos años con enfermedades crónicas, limitaciones físicas, problemas de visión o audición, dificultades de movilidad, deterioro cognitivo o situaciones de dependencia.
El desafío sanitario del futuro no será solamente conseguir que las personas vivan más. Será lograr que puedan vivir mejor durante esos años. Y este desafío adquiere una dimensión particular en el interior del país.
La alimentación, la actividad física, el abandono del tabaquismo, el consumo responsable de alcohol, el control de la presión arterial, la diabetes y el colesterol, la vacunación, los controles preventivos y una vida social activa tienen una enorme influencia sobre cómo llegaremos a edades avanzadas.
Hay algo especialmente importante: nunca es demasiado temprano para prepararnos para envejecer. El envejecimiento no comienza a los 70 u 80 años. Se construye durante toda la vida. También debemos cambiar nuestra mirada sobre las personas mayores. Con demasiada frecuencia asociamos vejez con enfermedad, fragilidad o dependencia. Sin embargo, muchas personas continúan trabajando, cuidando familiares, participando en organizaciones sociales, realizando actividades culturales, haciendo ejercicio y aportando activamente a sus comunidades. Una persona mayor no debe ser definida por su edad. Debe ser reconocida por su historia, sus capacidades, sus preferencias y su proyecto de vida. Esto también obliga a repensar la medicina.
El objetivo no puede ser simplemente tratar cada enfermedad por separado. Un adulto mayor puede consultar por hipertensión, diabetes, artrosis, problemas de sueño y dificultades para movilizarse, tomando varios medicamentos simultáneamente. Si cada problema se aborda de manera aislada, corremos el riesgo de terminar tratando enfermedades, pero no a la persona. Por eso, la medicina del adulto mayor debe poner en el centro algo tan importante como el diagnóstico: la autonomía.
¿Puede caminar? ¿Puede alimentarse por sí mismo? ¿Puede manejar su medicación? ¿Puede salir de su casa? ¿Puede tomar decisiones sobre su vida? ¿Tiene vínculos sociales? Estas preguntas pueden ser tan importantes como conocer el resultado de un análisis de sangre. Hay además un problema silencioso que merece nuestra atención: la soledad.
Una persona puede vivir muchos años y, sin embargo, sentirse profundamente sola. La pérdida de la pareja, de amigos, la migración de los hijos hacia otras ciudades o países y la disminución de los espacios de encuentro pueden generar aislamiento social. Y sabemos que la salud no depende exclusivamente de los medicamentos: el vínculo humano también puede ser una forma de cuidado.
El gran desafío será pasar de una medicina que aparece principalmente cuando surge la enfermedad a una estrategia que acompañe a las personas durante todo el proceso de envejecimiento. No se trata de agregar años a la vida a cualquier precio. Se trata de agregar vida a los años.
Envejecer es un privilegio que muchas generaciones anteriores no tuvieron. El verdadero desafío de nuestra generación será convertir ese privilegio en una oportunidad. Porque una sociedad que envejece no es necesariamente una sociedad enferma. Puede ser una sociedad que ha aprendido a vivir más. Ahora tiene que aprender a envejecer mejor.
Martes 15 de Septiembre, 2026 7 vistas