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Lo que hacemos también vive en los demás

Vivimos convencidos de que nuestras acciones nos pertenecen exclusivamente. Que podemos pensar lo que queramos, decir lo que queramos y actuar como queramos porque, en definitiva, cada uno responde por su propia vida.

Pero no es tan sencillo.

Cada decisión que tomamos, cada palabra que pronunciamos, cada gesto que tenemos y hasta cada silencio puede incidir en la vida de otra persona. A veces para bien. Otras veces para mal. Y muchas veces ni siquiera llegamos a saber cuanto pudo significar para alguien aquello que hicimos o dejamos de hacer.

Por eso deberíamos cuidar un poco más nuestras acciones.

Cuidar lo que pensamos, porque nuestros pensamientos terminan convirtiéndose en palabras y nuestras palabras, muchas veces, en acciones. Cuidar como actuamos, porque detrás de nuestras decisiones hay personas con sentimientos, historias, esfuerzos y dificultades que desconocemos. Cuidar nuestras convicciones, porque tener principios no significa creerse dueño de la verdad, sino intentar vivir de acuerdo con aquello que consideramos correcto, incluso cuando nadie nos está mirando.

También deberíamos cuidar nuestros buenos deseos.

Desearle el bien a alguien no cuesta nada. Alegrarnos sinceramente por el éxito de otro tampoco debería ser difícil. Acompañar, ayudar, reconocer el esfuerzo ajeno, pedir disculpas cuando nos equivocamos o simplemente tratar al otro con respeto son pequeñas acciones que pueden tener un impacto enorme.

En tiempos en los que muchas veces parece premiarse el individualismo, la confrontación y la necesidad de imponerse sobre los demás, quizás haya algo revolucionario en volver a las cosas simples: ser buena persona.

Ser buena persona no significa ser ingenuo. Tampoco significa estar de acuerdo con todos, permitir que nos pasen por encima o renunciar a nuestras convicciones. Significa poder defender lo que pensamos sin necesidad de destruir al que piensa diferente. Significa saber poner límites sin perder el respeto. Significa entender que podemos tener razón en una discusión y, aun así, elegir no lastimar.

Porque finalmente nuestras convicciones se demuestran mucho más en la manera en que tratamos a los demás que en la cantidad de veces que hablamos de ellas.

Todos tenemos días malos. Todos nos equivocamos. Todos alguna vez actuamos desde el enojo, el orgullo, la frustración o la decepción. La cuestión no es pretender ser perfectos. La cuestión es intentar ser conscientes.

Pensar antes de hablar.

Actuar pensando en las consecuencias.

Desear el bien, incluso cuando no recibimos lo mismo.

Y entender que detrás de cada persona hay una historia que probablemente desconocemos.

Quizás nunca sepamos cuanto puede cambiarle el día a alguien una palabra nuestra. Quizás tampoco sepamos cuanto puede dolerle una actitud que para nosotros fue insignificante.

Por eso vale la pena detenerse un instante antes de actuar y preguntarnos: ¿esto que voy a hacer puede afectar la vida de alguien?

Si la respuesta es sí, entonces vale la pena pensarlo un poco más.

Porque al final de nuestras vidas quedará lo que conseguimos, pero también quedará la huella que dejamos en los demás.

Y si tenemos que elegir que huella dejar, ojalá sea una que pueda resumirse en algo sencillo pero enorme: haber intentado ser una buena persona.