Por Pablo Vela
En una época que se llena la boca hablando de valores, trabajo en equipo y responsabilidad social, sigue existiendo una práctica tan antigua como incómoda: utilizar a una persona o a un grupo para alcanzar un objetivo y, una vez logrado, descartarlos como si nunca hubieran importado. No es solo una estrategia cuestionable; es una forma silenciosa de violencia moral.
Este comportamiento se repite en distintos ámbitos: empresas que explotan el entusiasmo de jóvenes profesionales y los reemplazan cuando dejan de ser “rentables”; movimientos políticos que movilizan a comunidades enteras y luego las olvidan; líderes que prometen lealtad mientras necesitan apoyo, pero desaparecen cuando el éxito ya tiene dueño. En todos los casos, el patrón es el mismo: las personas dejan de ser sujetos y se convierten en herramientas.
El problema no es únicamente el daño inmediato que se causa a quienes son utilizados, sino la normalización de una lógica perversa: la idea de que los seres humanos valen solo mientras sean útiles. Bajo esa mirada, la ética se vuelve negociable y la dignidad, prescindible. El mensaje que se transmite es claro y peligroso: el fin justifica los medios, incluso cuando los medios son personas.
Además, esta práctica erosiona la confianza colectiva. Cuando la gente aprende que el compromiso no es recíproco y que el esfuerzo no garantiza respeto, el tejido social se debilita. Nadie quiere ser parte de un proyecto que, en el fondo, funciona como una máquina de usar y tirar. El cinismo reemplaza a la cooperación, y la desconfianza se convierte en mecanismo de defensa.
Usar y descartar personas no es astucia ni liderazgo; es una muestra de pobreza ética. Los verdaderos logros, los que perduran, se construyen reconociendo el valor humano más allá de la conveniencia del momento. Todo lo demás es éxito vacío, sostenido sobre el desgaste ajeno.
Las propuestas, las necesidades, los planteos previos, los diálogos durante la campaña (si de política hablamos), las conexiones entre el barrio y el candidato deben respetarse o la pérdida de credibilidad se pagará más pronto que tarde.
Preferir el haber estado desde lo económico al conocimiento en determinada área o al conocimiento de determinado problema del departamento, darle prioridad al vínculo personal antes que a la capacidad profesional no parece buena elección. Recién arranca la historia de la Coalición Republicana, veremos como sigue, cuanto resiste, como trabaja y si logra perfilarse para un segundo mandato. Olvidar las propuestas que fueron votadas, al apoyar al candidato que finalmente no terminó siendo electo, tampoco para ser buena idea.
Porque al final, la forma en que se alcanza un objetivo dice mucho más de quiénes somos que el objetivo mismo.
Miércoles 25 de Febrero, 2026 318 vistas