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Miércoles 14 de Enero, 2026 56 vistas

Uruguay ante un mundo que cambia

Por Carlos Silva
El mundo entró en una etapa de cambios profundos, es un cambio de era, y no una época de cambios. Tensiones geopolíticas, conflictos regionales, economías que se reacomodan y democracias que son puestas a prueba conforman un escenario global cada vez más incierto. Los equilibrios que conocíamos parecen moverse al mismo tiempo. En ese contexto, los países como Uruguay, tienen menos margen para improvisar y más necesidad de actuar con inteligencia, coherencia y visión de futuro.
La crisis venezolana, que vuelve una y otra vez al centro de la escena, es apenas uno de los síntomas de ese mundo que se desordena. No es un problema aislado, es la muestra de lo que ocurre cuando las instituciones se debilitan, cuando la democracia se erosiona y cuando la comunidad internacional llega tarde. Pero no es el único desafío. También vemos cambios en las grandes potencias, redefiniciones en el comercio internacional y una competencia cada vez más dura por inversiones, mercados y oportunidades.
En este escenario, Uruguay tiene una ventaja que no es menor, estabilidad política, respeto por las reglas y una tradición democrática sólida. Eso, que a veces damos por descontado, hoy es un activo estratégico. Mientras otros países oscilan entre el populismo, la polarización o la incertidumbre, Uruguay sigue ofreciendo previsibilidad. Y esa previsibilidad es la que atrae inversiones, genera empleo y permite planificar a largo plazo.
Sin embargo, esa fortaleza no es automática ni irreversible. El actual Gobierno Nacional del Frente Amplio tiene una responsabilidad enorme, no poner nunca los intereses ideológicos por encima de los intereses del país. En un mundo tan sensible como el de hoy, cualquier ambigüedad, cualquier guiño a regímenes autoritarios o cualquier señal confusa hacia el exterior puede afectar la imagen internacional de Uruguay, que tanto costó construir. La política exterior no puede ser un terreno para gestos partidario, debe ser una política de Estado.
Porque la estabilidad no puede ser sinónimo de inmovilidad. Justamente porque el mundo cambia, Uruguay tiene que moverse con inteligencia. Abrirse al comercio, fortalecer sus vínculos internacionales, cuidar su reputación de país serio y confiable. No se trata de alinearse ciegamente con nadie, sino de defender nuestros intereses con una diplomacia firme, coherente y basada en valores: democracia, libertad y respeto por los derechos humanos.
Esa mirada estratégica también baja al territorio. Departamentos como Salto no son ajenos a lo que pasa en el mundo. Cuando Uruguay se abre, cuando genera confianza, cuando capta inversiones, eso se traduce en turismo, en proyectos productivos, en empleo y en oportunidades para nuestra gente. Un Salto que se integra al país y al mundo es un Salto que crece.
Por eso, este no es un año más. Es un año de decisiones. De definir si seguimos apostando a un Uruguay previsible, abierto y serio, o si nos dejamos llevar por la tentación de los atajos y las señales equivocadas. En tiempos de incertidumbre global, la responsabilidad, la sensatez y la visión de largo plazo no son virtudes abstractas: son la base del desarrollo.
Y en ese camino, tanto a nivel nacional como desde los gobiernos departamentales, hay una tarea clara: gobernar con los pies en la tierra, con la mirada en el futuro y con la convicción de que, aun en un mundo que cambia, Uruguay puede seguir siendo un lugar de oportunidades.