Por Rodrigo La Greca Blardoni
Esta semana salió una noticia que en Salto pasó casi desapercibida, y no debería: Uruguay se metió de lleno en la carrera regional por los centros de datos que necesita la inteligencia artificial. Cada consulta que le hacés a una IA, cada imagen que te genera, gasta electricidad en algún galpón lleno de servidores en algún lugar del mundo.
Esos galpones son los data centers, y las empresas grandes pelean por instalarlos donde la energía no falte, sea limpia y accesible. Uruguay tiene eso a favor: casi toda su electricidad sale de fuentes limpias. Es de las pocas cartas fuertes que tiene el país acá, y ya la está jugando.
Google ya puso más de ochocientos cincuenta millones de dólares en un data center en Canelones, con acuerdos de UTE de por medio para asegurarle la energía. Antel arma el suyo en Pando y otro campus en Montevideo, dentro de un plan que pasa los setecientos cincuenta millones de dólares a cinco años en inteligencia artificial, fibra y conectividad. Y acá está la parte que me interesa remarcar: de dónde sale esa energía limpia que hace posible todo esto.
Una porción nada chica nace acá nomás, en Salto Grande. Este año Uruguay le mostró a una delegación de la Unión Europea el plan de renovación de la represa: mil millones de dólares entre los dos países para modernizar la maquinaria y estirarle la vida útil cuarenta años más. La primera etapa, ochenta millones, ya está casi terminada. La que sigue, la más grande, son seiscientos millones para cambiar las turbinas.
De esto casi no se habla en las charlas de café, y es la obra más grande que tiene Salto encima de la mesa ahora mismo. Ahí está lo que me hizo sentarme a escribir esto. La energía que Google y Antel muestran al mundo para vender a Uruguay como lugar confiable para la inteligencia artificial tiene una parte de su historia escrita en esta represa que llevamos generaciones mirando pasar.
Pero el negocio, la inversión, los puestos que arma cada data center, se instalan a cuatro o cinco horas de acá. Acá se genera. Allá se factura. No es la primera vez que pasa esto. Uruguay conoce esta historia con otro nombre: se produce en el interior y se factura en la capital, como pasó siempre con la carne y con la lana.
Ahora se repite con la electricidad que le da de comer a la inteligencia artificial, solo que esta vez el recurso ni hay que sacarlo del campo: sale de una represa que tiene el nombre de esta ciudad. No te digo que mañana cae un data center acá al lado. Eso no depende de una columna ni de las ganas. Pero si ahora mismo se están invirtiendo mil millones de dólares para que Salto Grande siga produciendo esa energía cuarenta años más, alguien de esta ciudad tiene que estar sentado en la mesa donde se decide para qué se usa.
De esa mesa puede salir algo concreto para Salto: fibra que llegue mejor, una tarifa más razonable, algún trabajo calificado. O no sale nada, y queda, una vez más, como una nota más del diario. La inteligencia artificial va a necesitar energía durante muchos años, y buena parte va a seguir saliendo de acá, se acuerden de eso en Montevideo o no.
Martes 11 de Agosto, 2026 52 vistas