Por Carlos Arredondo
El domingo pasado, las redes sociales me llevaron a una pregunta que hace tiempo me ronda la cabeza.
Primero el médico salteño Juan Pablo Cesio se refería a la muerte de una niña en Italia a causa de difteria y vinculaba el hecho con la decisión de sus padres de no vacunarla.
Pocos minutos después apareció en mi pantalla una entrevista a un médico español, Miguel García Báez, quien sostiene una posición radicalmente diferente y adjudica a las vacunas infantiles la generación de varias patologías, entre ellas el autismo.
No voy a resolver aquí cuál de los dos tiene razón, pero sí voy a plantear algo que considero cada vez más necesario.
¿DÓNDE ESTÁ EL DEBATE?
Cuando profesionales de la medicina sostienen públicamente posiciones tan diferentes sobre un asunto que afecta a millones de personas, la sociedad tiene derecho a pedir explicaciones.
Y no hablo de una pelea televisiva, de gritos ni de quién impone su frase en las redes sociales: Hablo de científicos sentados frente a frente, con estudios, con evidencia, con datos, con posibilidad de preguntar y repreguntar.
Con la obligación de explicar qué se sabe, cuáles son los beneficios, cuáles los riesgos y dónde están las controversias.
Porque hay algo que me preocupa especialmente: LA POBLACIÓN QUEDA EN EL MEDIO.
Una persona que no es médica ni investigadora escucha a un profesional decir que las vacunas salvan millones de vidas y, poco después, a otro diciendo que generan patologías mucho más dañinas que las que se pretendía evitar.
¿A quién debe creerle?, ¿En función de qué? ¿De su título? ¿De la institución para la que trabaja?, ¿De sus seguidores?, ¿Del video que apareció en Facebook?, ¿O de la evidencia que pueda ser expuesta, discutida y contrastada?
Ese es, para mí, el verdadero problema.
No pretendo que un debate determine por votación cuál es la verdad científica. La ciencia no funciona así.
Precisamente por eso necesita discusión, revisión, cuestionamiento y confrontación de evidencias. Y si una posición está sólidamente respaldada, un debate serio debería fortalecerla, no debilitarla.
Por eso me preocupa cuando frente a un cuestionamiento aparece como respuesta que “el tema ya está laudado y no hay nada que discutir”. La ciencia no debería tenerle miedo a las preguntas, mucho menos cuando hablamos de decisiones médicas que involucran a nuestros hijos y de políticas sanitarias que alcanzan a toda la población.
Hoy, mi planteo no es contra las vacunas, y tampoco es a favor de quienes las cuestionamos: Es a favor de que podamos discutirlas seriamente. Nos va la vida en ello.
Si existen profesionales que sostienen que determinadas afirmaciones son falsas, que lo expliquen con evidencia.
Si existen profesionales que cuestionan determinadas vacunas, que expongan sus argumentos y la evidencia que los respalda, y que del otro lado ocurra exactamente lo mismo.Sin etiquetas, sin chicanas, sin conspiraciones, sin dogmas.
Porque si la evidencia demuestra que una determinada práctica médica es beneficiosa, segura y necesaria, la sociedad habrá ganado claridad. Y si existen aspectos que merecen ser revisados, también será saludable conocerlos.
No podemos dejar a la población sola, navegando entre afirmaciones contradictorias, videos, posteos y titulares, tratando de decidir sobre cuestiones médicas, sin herramientas, para evaluar aquello que está escuchando.
Por eso mi propuesta es sencilla: Hagamos un debate público entre médicos y científicos. Que cada parte elija a sus representantes. Que se establezcan reglas, moderación y condiciones iguales para todos. Que puedan presentar estudios, preguntar y responder.
No para que gane uno: PARA QUE GANEMOS TODOS UN POCO DE CLARIDAD.
Porque si la ciencia tiene las respuestas, no debería tener miedo de ponerlas sobre la mesa. Y si todavía hay preguntas sin respuesta, también tenemos derecho a saber cuáles son, porque al fin y al cabo eso también es ciencia.
Y quizás, justamente por la importancia de este asunto, SEA HORA DE EMPEZAR A HABLAR EN SERIO.
Lunes 31 de Agosto, 2026 402 vistas