Por Myriam Puiggrós
Psicóloga sexóloga clínica
La cultura de la violación es un término utilizado para describir un conjunto de creencias, actitudes y normas sociales que perpetúan la violencia sexual y justifican o minimizan las agresiones sexuales. Dicho término surgió en la década de 1970 con la llamada segunda ola feminista. Esta cultura se basa en la idea errónea de que los hombres tienen derecho a controlar y dominar a las mujeres y de que la violencia sexual es una expresión normal de la sexualidad masculina.
En una cultura de la violación, se culpabiliza a las víctimas de agresiones sexuales, se minimiza la gravedad de estos actos, se justifica o excusa a los agresores y se perpetúa la desigualdad de género. Podemos ver su forma de manifestarse en prácticas como la cosificación sexual de las mujeres en los medios de comunicación, el acoso callejero y la tolerancia hacia comportamientos de agresión sexual. También lo vemos en el uso del lenguaje machista, chistes, cine, noticias, acoso sexual, pornografía. Consideraciones como que el hombre es violento por el simple hecho de serlo, y que presenta necesidades sexuales que no puede controlar, justifica acciones, haciendo de una conducta machista algo natural.
Podemos decir que no se limita a un solo país o comunidad, sino que es un fenómeno global que afecta a diferentes sociedades en mayor o menor medida.
Es importante tomar conciencia de la existencia de este fenómeno para poder desestructurar su incidencia. No nos cansamos de ver como se culpabiliza a la víctima de una violación, cuando ante el hecho se realizan comentarios acerca de la hora, la ropa o sobriedad de quién es violentada.
De los abusos sufridos por las mujeres, la violación, es uno de los que se evita hablar. ¿Tendrá que ver con la revictimización y dudas que recaen sobre la víctima? En su libro “Contra nuestra voluntad” Susan Brownmiller sostiene que los hombres no violan a las mujeres por mero deseo sexual y que “el hecho de que algunos hombres violen significa una amenaza suficiente como para mantener a las mujeres en un permanente estado de intimidación”. De hecho la preocupación de padres, madres o personas a cargo, cuando son las hijas las que salen, es que otros varones puedan como mínimo intimidarlas o acosarlas. Incluso aquellos varones que enojados dicen, “no nos metan a todos en la misma bolsa”, son los que temen por las acciones de sus pares. Pues no generalizamos, pero el riesgo está allí. Se pone más el acento en que una parte de la población se cuide, no sea libre, se limite, no ande sola, a educar a la otra en el respeto, el control de impulsos y en la importancia del consentimiento claro y explícito.
Si cuando hablamos de consentimiento, se ridiculiza, diciendo cosas como: “ahora habrá que llevar un papel de escribano que nos autorice la relación” se está desconociendo la gravedad de lo que hemos hecho como sociedad hasta ahora. Lo sabemos bien las personas que en terapia escuchamos a mujeres de todas las edades expresar por primera vez abusos y violaciones de las que nunca se animaron a hablar. No siempre de extraños. Muchas veces se trata de personas cercanas. Hace poco que comenzamos a reflexionar sobre comportamientos que naturalizamos y hasta festejábamos en programas televisivos. Un ejemplo, que los menos jóvenes recordarán, la escena de Alberto Olmedo en el Manosanta o la de Franccela en el programa en el que se excitaba con la amiguita de su hija. El varón siempre presentando una lucha entre sus impulsos y el tener que evitarlos. Muchas veces justificando el pasar al acto, dado que “el hombre es hombre” y “ella se expuso y debió evitarlo”. La pornografía actúa también reforzando y perpetuando aspectos de esta, ya que para muchas personas es la principal fuente de “información” sobre sexualidad.
La cultura de la violación se alimenta de estereotipos de género y de la idea de que los hombres son sexualmente agresivos por naturaleza, mientras que las mujeres deben ser sumisas y pasivas. Estos estereotipos refuerzan la noción de que ellas son responsables de evitar la violencia sexual, en lugar de responsabilizar a los agresores.
Es importante destacar que esto no solo afecta a las mujeres, sino además a niños, niñas, adolescentes, personas lgbtiq+ y personas con discapacidades. Debemos reconocer que los hombres también pueden ser víctimas de agresiones sexuales, sobre todo aquellos que no lucen una masculinidad hegemónica o estereotipada.
La cultura de la violación perjudica a toda la sociedad. Para abordarla, se requiere un enfoque multifacético. Combatirla nos llama a un cambio profundo en las actitudes, educación y conciencia de las personas. Esto implica educar sobre el consentimiento, la igualdad de género y los derechos sexuales, así como la empatía y el respeto.
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