Por Facundo Marziotte
Hablar de salud mental sigue siendo un desafío en nuestra sociedad. Aunque en los últimos años ha habido avances en la visibilización del tema, todavía persisten prejuicios, silencios y barreras que dificultan que quienes necesitan ayuda la busquen sin miedo ni vergüenza. Es hora de cambiar esto. La salud mental es tan importante como la salud física, y debemos tratarla con la misma seriedad y urgencia.
En Salto, como en muchas otras partes del mundo, los problemas de salud mental afectan a un gran número de personas. Ansiedad, depresión, estrés y otros trastornos no discriminan edad, género ni condición social. Sin embargo, la falta de información y los estigmas asociados a estas condiciones hacen que muchos enfrenten sus dificultades en soledad. No debería ser así.
Necesitamos generar un cambio cultural que nos permita hablar abiertamente del tema, comprenderlo y, sobre todo, actuar para mejorar la calidad de vida de quienes lo padecen.
Uno de los mayores obstáculos es la falta de recursos destinados a la salud mental, reconociendo que el Gobierno de Lacalle Pou apostó mucho en este sentido. Así mismo seguimos con dificultades, muchas personas en nuestra ciudad no pueden acceder a un tratamiento adecuado por razones económicas o porque simplemente no saben a dónde acudir.
Además, el sistema de salud aún no le da la prioridad que merece, y eso se traduce en largas listas de espera, falta de especialistas y poca difusión de los servicios disponibles.
Es fundamental que Salto adopte estrategias concretas para abordar esta problemática. Una propuesta viable sería la creación de espacios de atención psicológica accesibles en los barrios, donde las personas puedan recibir orientación y apoyo sin necesidad de recorrer grandes distancias o afrontar costos elevados. También es clave la capacitación de docentes y personal de salud para que puedan detectar señales de alerta y brindar una primera contención a quienes lo necesiten.
Pero no todo debe recaer en las instituciones. Como sociedad, tenemos una enorme responsabilidad. Debemos cambiar la forma en que hablamos de salud mental, dejar de lado prejuicios y entender que pedir ayuda no es signo de debilidad, sino de valentía.
Crear campañas de concientización, fomentar charlas en escuelas y lugares de trabajo, e impulsar redes de apoyo comunitarias puede marcar una gran diferencia.
El bienestar emocional no es un lujo, es un derecho. Naturalizar el tema, ofrecer soluciones y acompañar a quienes atraviesan dificultades es un deber que no podemos postergar. Salto puede ser un ejemplo de cómo una comunidad unida puede generar un impacto positivo. Hablemos de salud mental con la seriedad y la empatía que merece. Porque cuando el silencio se rompe, comienza la verdadera sanación.
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