Miércoles 29 de enero, 2020
  • 8 am

Conversión de Jesús

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por Padre Martín
Ponce de León.
Los relatos evangélicos hacen elocuente referencia a un Jesús de Nazaret de una importante actividad en los tres últimos años de su vida.
Los relatos evangélicos, prácticamente, no hacen referencia a los muchos años anteriores a la actividad arriba mencionada.
Sin duda que hay un momento de quiebre entre estas dos realidades.
El momento en que se llega hasta donde se encuentra Juan y se hace bautizar.
Muchas veces he sentido decir que Jesús no necesitaba de aquel bautismo ya que Él no tenía de qué convertirse.
Quienes esto afirman es porque limitan conversión a perdón de los pecados.
Jesús necesitaba recibir el bautismo de Juan.
Conversión implica cambio.
Ha pasado sus años de silencio, han de comenzar sus años de actividad pública.
Han pasado sus años de ocultamiento, han de comenzar sus años de testimonio público.
Los relatos evangélicos no hacen referencia a ello pero deben de haber sido años de dura lucha interior.
Para Jesús, plenamente hombre, no debe haber sido fácil aceptar que también era plenamente Dios.
De aceptar tal cosa debía asumir una misión nada sencilla ni fácil de llevar a la práctica.
Esa doble realidad debe de haberla ido asumiendo progresivamente.
Los relatos evangélicos no se detienen en ello puesto que su finalidad es hacernos saber que era tan Dios como hombre.
Después nos mostrarán como Jesús va cambiando en cuanto a su tarea de Cristo.
Aceptar que su mesianismo era por sustitución no le fue sencillo y va realizando un progreso en torno a dicha concepción.
Por ello es que uno supone no debe haberle resultado sencillo asumir que era Dios hecho hombre.
Era asumir que habría de complicarse su vida hasta el extremo.
Era asumir que debería brindarse sin guardarse nada para sí.
Era asumir que estaba allí con una misión y la misma no era de fácil realización.
Fueron muchos años de silencio.
Silencio donde se desarrolla un, nada fácil de suponer, conflicto interior.
Pero llega un momento en que ya no puede contenerse más.
Llega el momento de comenzar a desarrollar el sentido de su vida.
Debe comenzar su vida pública.
Su presencia solamente responde al gran amor que el Padre Dios tiene por los hombres y él viene a salvarlos en la medida que lo acepten como el Cristo.
Aún hoy dicho planteo continúa ofreciendo resistencias.
Aún hoy dicha propuesta no es sencilla de aceptar.
Mucho más difícil debe de haber resultado para sus contemporáneos.
Muchos de ellos le habían visto crecer y conocían a sus familias.
¿De dónde le venían esas veleidades de Dios?
Es, entonces, cuando se presenta donde Juan para hacerse bautizar.
Es el símbolo del cambio que se operó en él y comenzaba a ser vida pública.
Es perfectamente lógico que se haga bautizar.
Atrás van a quedar sus años de silencio y carpintería.
Atrás van a quedar sus años de dilucidaciones y conflictos interiores.
Ahora todo será anuncio y manifestación.
Ahora todo será predicación y llamado a la conversión.
Lo suyo es mucho más que un simple cambio.
Es la manifestación de haber asumido quién es y para qué ha sido enviado.
Es el aceptar que ya no hay más lugar para la “tranquila” vida que hasta ese momento ha llevado.
Todos conocían el destino de los muchos profetas aparecidos en aquel tiempo.
Él sabe que ello es una posibilidad para su futuro.
También asume esa realidad.
Sale a la intemperie, comienza su Buena Noticia.
¿Cómo no necesitar un bautismo de conversión?