miércoles 7 de diciembre, 2022
  • 8 am

Reflexiones de un criador

Por el Dr Guillermo de Nava
Cuando la selección genética del ganado se implementa más como biología, que como formulas aritméticas o números.
Cuando los que deciden los apareamientos están detrás de las vacas, y sus botas se suelen ensuciar de bosta todo el año entero.
Cuando se entiende que las respuestas más genuinas a muchas de las interrogantes se encuentran en los potreros donde está el rodeo de cría, más que en cualquier otro lado.
Cuando se intenta evaluar los ganados por su función y como un todo, adecuando esa función al ambiente, y no como una serie muy limitada de caracteres puntuales que necesitan mejorarse.
Cuando lo que importa no es la productividad individual sino la productividad por unidad de superficie en los propios ambientes en los que manejamos el ganado.
Cuando los costos de producción para lograr un determinado comportamiento animal se toman en cuenta, y se tornan relevantes, porque se busca un alto ingreso neto sustentable por hectárea en los sistemas productivos.
Cuando lo que se busca no es un animal extremo sino que se torna trascendente la consistencia genética en el ganado.
Cuando se constata en los campos el estrepitoso fracaso de muchas de las líneas genéticas que el statu quo considera «superior» al ser sometidas al natural desafío del mundo real.
Es ahí, en esos escenarios y en esas circunstancias, cuando se comienza a cuestionar aquello que muchos actores relevantes de la ganadería nacional consideran «genética superior».
Es con esos planteos cuando uno comienza a desafiar la idea de genética superior para la cría y cuando se llega a comprender que quizás existan otros caminos alternativos a aquel que la mayoría de los actores han elegido transitar.
Es ahí cuando uno reconoce que las auténticas vacas campeonas no suelen ser las que reciben las cucardas en las pistas de las exposiciones después de haber sido alimentadas con concentrados durante muchos meses, o aquellas que reciben una distinción en un sitio web particular porque, por una foto y en forma virtual, las han votado por internet y salen «campeonas del mundo», o aquellas otras cuyos datos surgidos de intrincadas fórmulas matemáticas determinan que «tengan muy buenos números».
Más bien, en esas circunstancias que estamos analizando, las vacas que se consideran campeonas, aunque con menos alcurnia y exposición, son aquellas que logran, por largos períodos y desde tempranamente en su vida, transformar el pasto nativo en terneros al ser desafiadas a los avatares naturales de muchos ciclos productivos.
El desafío en estos casos es que estas vacas campeonas, entendiendo por tales a las vacas camperas que tienen madurez sexual temprana y no requieren de costosas modificaciones del ambiente para que transformen el pasto nativo en buenos terneros durante una larga vida productiva, manteniéndose sanas incluso cuando son abuelas, sean las madres de nuestros toros.
Es así que los programas de mejoramiento genético para la cría comienzan a ganar sentido. Así, las vacas empiezan a trabajar para nosotros y tienen más chances de defendernos de las inclemencias climáticas, de los malos gobiernos, de las condiciones internacionales adversas.
La función básica de una vaca de cría, -esto es la transformación del pasto de menor calidad en terneros de forma eficiente-, no ha cambiado en los últimos 100 años. Sin embargo, parecería que muchas de las herramientas modernas de selección, la «ayuda» de muchos genetistas y la mayoría de las actividades impulsadas desde las sociedades de criadores, no están logrando que las vacas cumplan con más eficiencia aquella básica función.
Es hora que haya un cambio de paradigma para beneficio de la cría y del bolsillo del criador.