Jueves 9 de julio, 2020
  • 8 am

El nacer de la Iglesia

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
La costumbre señalaba que cuando alguien era condenado a muerte por cuestiones políticas lo era, también, todo el grupo de seguidores por ello aquellos hombres permanecían ocultos.
Sin duda que era muy fácil dar con ellos pero iban pasando los días y nada les sucedía aunque ello no impedía el temor que experimentaban.
En esos días de ocultamiento mucho hablaban sobre lo que habían vivido, sobre lo que habían compartido con Jesús.
Van adquiriendo real dimensión de la persona del maestro ausente.
Van descubriendo el sentido de lo que han podido celebrar con Él.
Van recordando palabras y fragmentos de discursos escuchados.
Se sentían discípulos y poco a poco va creciendo en ellos la necesidad de ser testigos.
Lo que han experimentado y asimilado les impulsa a dejar de lado sus temores y salir a dar testimonio.
No debe haber resultado fácil para ellos descubrir que logran ver a Jesús en su total dimensión una vez que se ha marchado.
Ya no pueden conformarse con haber aprendido. Ahora sienten la necesidad de abrir la puerta que los encierra y salir a compartirlo.
Ha sido demasiado inmenso lo vivido como para que quede en el interior de ellos. Sienten deben dejar sus temores y compartir con otros la experiencia que han tenido.
No tienen un discurso oficial que proclamar.
No saben de una enseñanza institucional a la que ceñirse.
Tienen una experiencia personal y necesitan compartirla.
Es así como, movidos por el Espíritu de Dios, dejan de lado la necesidad de estar ocultos para, como Jesús, salir a recorrer los caminos compartiendo lo que han vivido.
Comparten para despertar la necesidad de fomentar comunidades fraternas.
La fraternidad se vuelve motor que une y solidariza.
La fraternidad que proponen hunde sus raíces en la fracción del pan propuesta por Jesús.
Fracción del pan que es comunión y crecimiento de la solidaridad para con los necesitados y con los cercanos.
Así nace la Iglesia.
No posee rasgos de institución porque crece desde la vivencia compartida y la experiencia celebrada.
No tiene jerarquías porque es despertadora de fraternidad y servicialidad compartida.
Son pequeñas comunidades que se reúnen para la oración, la fracción del pan y para dar una mano en su entorno.
Son testigos que entusiasman y contagian la alegría de vivir lo que han experimentado.
Son testigos que saben que toda su sapiencia radica en lo que han vivido y reflexionado posteriormente.
Son testigos que no pueden ocultar un estilo de vida que le ha sido enseñado con un sinfín de gestos que, recién ahora, pueden aquilatar debidamente.
Dejaron de lado el conformarse con ser discípulos. Ahora el Espíritu les impulsa a ser testigos.
No poseen un nombre que les identifique. Son “los del camino”, “los de la fracción del pan” o “los del nazareno”
Para mofarse de su testimonio de vida les comenzarán a llamar “los cristianos” y descubrirán que tal apelativo no es vergonzante sino que lo pueden asimilar y comenzar a utilizar como una identidad particular.
Así adquirirán una identidad común que marcará su testimonio. Lo suyo tendrá sentido en cuanto testimoniando a Jesús como el Cristo.
Ese ha sido el nacer de la Iglesia.