Sábado 5 de diciembre, 2020
  • 8 am

A la intemperie

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Padre Martín
Ponce De León
La luna se encontraba en cuarto creciente y ponía fin a su jornada utilizándola como un inmenso columpio.
Allí dejaba que sus cabellos se agitasen al viento mientras subía y bajaba en su cálida hamaca.
Mientras se columpiaba su mente, siempre inquieta, recorría todos los momentos de su prolongada jornada.
Allí iban y venían los rostros de las personas con las que había compartido ese día.
Escuchaba sus voces y revivía sus cuentos y cada uno de ellos despertaban una sonrisa de afecto y cercanía.
Ese día se había lastimado una la planta de uno de sus pies mientras andaba entre unas tablas pero no había dicho nada de lo sucedido para no recibir ningún comentario.
Le dirían que no debía andar por allí o que debería tener más cuidados o que esos lugares no eran para su persona y comentarios por el estilo y, ante ello, prefería guardar silencio y dejar su lastimadura se curase por sí misma.
Ahora, mientras se hamacaba, sentía que la brisa fresca besaba sus pies descalzos y ello le ayudaba a curarse.
Sus manos se aferraban con fuerza a los tirantes del columpio y, parecía, como que todo desaparecía y solamente existía su persona y el inmenso espacio donde podía hamacarse con absoluta tranquilidad.
De vez en cuando alguna estrella fugaz se le acercaba para que la esquivase con el movimiento de su cuerpo mientras formulaba, mentalmente, algún deseo.
Cuando alguna nube pasaba por su gigantesca hamaca inmensa cantidad de gotitas de agua refrescaban su rostro mientras subía y bajaba con mayor intensidad.
Su rostro se ensombreció un algo cuando recordó aquel rostro que le había solicitado se involucrase en una importante actividad y aún no le había proporcionado una respuesta que debería brindar al día siguiente.
¿Por qué había pospuesto una respuesta que tenía, ya, muy en claro? Vaya uno a saber.
Ahora no tenía lugar para sombras y, por ello, mientras tomaba mayor impulso volvió a sonreír como lo hizo tantas veces a lo largo de su jornada.
Poco a poco los vaivenes de aquel columpio le fueron brindando una sensación de paz que no había experimentado a lo largo de la jornada.
Su persona se había sentido tironeada por diversas situaciones que le reclamaban su presencia o su palabra que ayudase a solucionar alguna dificultad.
Solamente, en su vida, las noches en las que podía columpiarse en la luna, se permitía soñar teniendo sus pies sobre el inmenso espacio vacío del universo.
Allí, a la intemperie, la luz cálida de la luna le invadía y se daba el lujo de soñar desde lo más profundo de su ser.
Soñaba con un mundo lleno de posibilidades dignas para todos. Soñaba con problemas resueltos mágicamente. Soñaba que podía disfrutar de la felicidad de los suyos. Soñaba que sus sueños se hacían realidad.
Mientras tanto continuaba hamacándose y disfrutando de aquellos momentos de paz, soledad y tranquilidad.
Allí no había un reloj que le impusiese horarios, ni obligaciones que le hiciesen andar a prisa ni rostros que pronunciasen su nombre para reclamar su atención.
Allí estaba a la intemperie pero disfrutando trozos de calma, silencio y ternura.
El tiempo había transitado como si le permitiese disfrutar completamente de su momento. La luna había ido descendiendo y ya comenzaba a acercarse al horizonte. Era el momento de dejar su columpio.
En el horario impuesto entre los hombres ya era comenzada la madrugada y debía dormitar un poco.
De un salto delicado se bajó de la hamaca para refugiarse entre las sábanas de su cama. Ya había disfrutado suficiente de sus ratos de intimidad personal. Mañana volvería, con renovados bríos, a salir y disfrutar de su estar a la intemperie sonriendo de plenitud personal.