Martes 17 de mayo, 2022
  • 8 am

Prolongar la fiesta

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín
Ponce De León
El relato evangélico la presenta como el primer signo realizado por Jesús.
Puede llamarnos la atención que ese hecho, tan significativo y de tanta importancia, solamente se encuentre narrado por uno de los evangelistas.
Pero, sucede que el evangelista no quiere hablarnos de un hecho histórico puntual, sino que quiere mostrarnos bajo que luz debemos realizar la lectura de todo su relato.
No pretende relatarnos el acontecimiento del cambio de agua en vino sino desde que luz debemos mirar a Jesús en su relato.
Su relato evangélico surge en un momento particularmente difícil para el pueblo judío y para muchas comunidades cristianas.
Quedarse sin vino era una razón para deber poner punto final a la fiesta y ello con todo un contexto de frustración, de vergüenza y fracaso para aquellos novios organizadores de su fiesta de bodas.
El pueblo de Israel y las primeras comunidades cristianas vivían una situación social y económica plena de sentimientos de frustración y fracaso y tal hecho les colmaba de vergüenza.
Durante mucho tiempo se sintieron como el pueblo elegido por Dios y Él estaba detrás de sus logros, ahora la situación política les llevaba a preguntarse por la presencia de Dios junto a ellos ya que todo era caos y frustración.
Las primeras comunidades cristianas vivían con intensidad la buena noticia de Jesús propuesta por Jesús y, ahora, veían como lo de Jesús no tenía mucha cabida dentro del pueblo judío sino que resultaba muy atrayente para los pueblos “paganos”
Es en ese contexto donde, según el evangelista, nos encontramos con Jesús. Él es quien viene a prolongar la fiesta.
Hoy, también, podemos encontrarnos con realidades que nos hacen crecer sentimientos de incertidumbre y dudas.
La pandemia nos ha hecho perder, por razones fundadas, el valor del encuentro y los gestos de cercanía.
El creciente materialismo nos hace mirar a los demás como números que nos ayudan a conseguir, o no, nuestros intereses.
La indiferencia nos encierra en nosotros mismos y nos hace alejarnos, espiritual y físicamente, de los demás sin ningún tipo de remordimiento.
Nos encerramos en teorías que nos aíslan de la realidad y nos lleva a vivir en un mundo sin ningún tipo de exigencias puesto que no tiene asidero en la realidad.
Todo, parecería, es un dejarnos ver una realidad donde valores como sensibilidad, solidaridad, empatía y fraternidad no tienen espacio ni vigencia en lo que se aproxima.
Es allí donde podemos y debemos encontrarnos con Jesús que viene para hacernos saber que la vida es una prolongada fiesta.
Sí, Él está para prolongar esa fiesta que nos permite encontrarnos con los demás y saber que vale la pena.
Sí, Él está para que nuestra vida no sea bajo el signo del fracaso o la frustración sino desde la prolongada búsqueda de nuestra realización personal que siempre es relacionarnos con los demás.
Para que ello sea posible todo se limita a un “Hagan lo que Él les diga”
No somos, creyéndonos los dueños de la verdad, que habremos de modificar el sentir de la mayoría ante la realidad.
No somos, viviendo el “deber ser” y sin correr los riesgos de salir a la intemperie para buscar y darnos, que habremos de ser útiles para los demás.
Es escuchando y haciendo lo que Jesús nos propone que habremos de experimentar como en nuestra existencia muchos sentires se revierten.
Es escuchando y siendo dóciles a lo que Jesús nos dice que habremos de sabernos inmersos en una fiesta donde nada nos impide encontrarnos y sonreír