miércoles 28 de septiembre, 2022
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Desafiante lectura

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Los relatos evangélicos pueden ser leídos de diversas maneras.
Se pueden leer y quedarse en lo literal del texto y ello es lo más pobre que se puede realizar ya que los mismos no son relatos de alguna historia o una crónica.
Sin duda que esta lectura nos enfrenta con la realidad y tal cosa nos puede llenar de dudas sobre la veracidad de los mismos.
Podemos encontrarnos con textos que nos hablan de Jesús dialogando a solas con alguien y se nos relata con lujo de detalles dicho diálogo e inmediatamente nos debe surgir el interrogante sobre el cómo es posible conocer tales detalles.
Podemos encontrarnos con textos que nos hablan de situaciones que implican un lapso de tiempo prolongado y nadie se percata de tal cosa y ello nos debe sugerir el interrogante sobre cómo pudo haber sido posible.
Es que el relator de los textos no está motivado por una fidelidad histórica sino que escribe pretendiendo otra cosa que hace a la razón misma de tales relatos.
Ni nos mienten ni pretenden engañarnos relatando hechos que no pueden quedarse en los mismos.
Los relatos evangélicos son signos a los que debemos leer como tales.
Quedarse en los textos es lo más pobre que podemos hacer y, lo más trágico, es lo que solemos hacer con mayor frecuencia.
En oportunidades he podido escuchar sermones que se limitan, a explicar con las palabras del predicador, lo que se acaba de proclamar. Doblemente triste puesto que, parecería, los oyentes no poseen capacidad de escucha y se limitan a quedarse en la letra de los textos.
Tales relatos pueden leerse como una lección que invita a un comportamiento determinado y ello es un paso importante pero se limita a hacer de Jesús un personaje moralizador y ello es un empobrecimiento del centro de tales relatos.
Jesús no hizo de su vida una prédica moralizante sino que fue mucho más allá de tal cosa y ello es lo que nos dicen los signos que conocemos como textos evangélicos.
Si hubiese sido un predicador moralizante no hubiese incomodado, como lo hizo, a las autoridades religiosas de su tiempo.
Jesús viene a invitar revertir una situación establecida y aceptada como correcta.
Se tenía como fundamental la relación de cada uno con la Ley y la misma se aceptaba como expresión de la voluntad de Dios.
El templo y todo lo que giraba en torno a él era aceptado como la garantía de la presencia de Dios en medio del pueblo fiel. Por más que, todos lo sabían y aceptaban, se había montado un tinglado que favorecía a los sacerdotes del templo.
El sacerdocio, realidad hereditaria, era una clase muy privilegiada en la sociedad de aquel tiempo y Jesús se va a enfrentar activamente a tal realidad.
En oportunidades lo callamos por cuidado pero no debemos temer en afirmar que la religión de aquel tiempo es la que va a llevar a Jesús a la cruz.
Jesús no molesta a los invasores romanos ni al pueblo judío de su tiempo sino que molesta a la religión establecida en aquel tiempo y es contra ella a quien se enfrenta.
Jesús irrumpe en la historia para liberar al pueblo de una esclavitud para con la letra de la Ley que oprimía y marginaba a muchos y favorecía a unos pocos.
Jesús intenta cambiar el centro de la relación para con Dios y, por ello, nos presenta a un Dios que es Padre misericordioso.
Un Dios que se ocupa de la persona de cada uno sin detenerse en la literalidad de la Ley.
Por ello es que los relatos evangélicos son un conjunto de signos que debemos saber descubrir para llegar a la esencia de lo propuesto por Jesús.
Son signos y, por ello, debemos hurgar los textos para encontrar el sentido profundo de los mismos y tal cosa nos implica ser lectores audaces porque dispuestos a buscar.
Hacer tal cosa nos puede costar puesto que es romper con lo tradicional y cómodo pero, sin duda, debemos hacerlo ya que para ello nos han quedado los relatos evangélicos.