viernes 3 de febrero, 2023
  • 8 am

Etapa cerrada

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín
Ponce de León
Desde hace tiempo viene anunciando el final de una etapa dentro de su vida.
Han sido muchísimos años de dedicación y entrega por una causa que asumió como propia.
Nunca debe de haber sido, para él, un empleo sino que siempre, desde el primer día, algo asumido con pasión. Es que, conociéndolo, uno sabe que habría sido imposible lo asumiese de otra manera.
Todo lo suyo es involucrarse apasionadamente con lo que cree, asume y lleva adelante. Para él nada es «más o menos» o «salgamos del paso»
A lo largo de mucho tiempo asumió aquella realidad como propia y puso en ello lo mejor de sus varias capacidades.
Le experiencia de vida adquirida le permitió madurar en sentido común y, desde allí, encarar los desafíos que la realidad le iba presentando.
Lejos de asumir su tarea como una ocupación con la que debía cumplir lo hizo poniendo pasión en todo lo que encaraba y ello le llevó a que, desde hace mucho, sea parte protagónica de la institución.
No porque haya, personalmente, estado buscando protagonismo. La entrega que sabía poner en lo que hacía le hizo tener un rol trascendente.
Supo de sueños y pugnó por llevarlos adelante.
Supo de desilusiones y las transformó en motivos para continuar soñando.
Supo irse adecuando a las nuevas exigencias y, por ello, se convirtió en un atento lector de la realidad y sus caminos de futuro.
A lo largo de sus muchos años en aquel lugar y de participar activamente en las diversas tareas que iban surgiendo, conocía y sabía desde los pequeños detalles hasta las grandes exigencias.
Podía saber en qué lugar se podía encontrar un frasco con un determinado tipo de tornillos hasta la última obligación que se debía incorporar en algún programa de estudio.
Se le consultaba tanto por algún horario como por el color con que debía ser pintada una pared. Es que él estaba en todo y para todo. De aquel lugar nada le era indiferente ni ajeno.
Como todo lo hacía con igual compromiso e idéntica pasión se fue haciendo referente ineludible.
Parecía, hablando con él, de que nunca estaba conforme con lo logrado puesto que siempre soñaba con más. No con algo más sino con mucho más.
Cuando, por razones bien fundadas, estaba en contra de algo era un tenaz crítico hasta que se resolvía y, entonces, acataba y asumía lo resuelto.
Sus opiniones eran escuchadas puesto que, a favor o en contra, siempre se movía desde argumentos y razones.
Por esas extrañas realidades de la vida supe disfrutar (aún hoy le tengo como amigo) de su amistad y, por ello, de muchísimos momentos compartidos.
Momentos con alguna picada, algún asado, alguna cerveza o muchísimos mates de por medio pero siempre desde su autenticidad, cercanía o conversación.
Siempre consideré que Dios me había hecho un privilegiado al regalarme su amistad.
Amistad que se hizo un sin número de oportunidades, gestos cargados de solidaridad y humana sensibilidad.
Como buen lector solía prestarme desde novelas que ayudaban a pasar los ratos hasta libros que hacían que muchas cosas de mi ser se llevasen de interrogantes y cuestionamientos.
En estos días está cerrando una etapa de su vocación hecha servicio, dedicación y entrega. Etapa de más de cuatro décadas donde dedicó muchísimas horas al servicio de esa realidad que le despide y agradece.
Me uno, desde este artículo, a esas voces que, de diversas maneras, le dicen «GRACIAS». «MUCHISIMAS GRACIAS»