sábado 2 de marzo, 2024
  • 8 am

Todos somos deudos

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
Los seres humanos al igual La realidad de toda la historia de la humanidad conocida es que nacemos para morir, una regla inexorable imposible de eludir, un acontecimiento que suele impactar a los niños que toman conciencia de esta regla pero que luego se diluye con el tiempo cuando parece, visto de la adolescencia y de la juventud, como un evento muy lejano pero que vuelve a impactar cuando por algún motivo, un joven contemporáneo pierde la vida y ahí de nuevo se genera la angustia de que la muerte llega como cualquier otro acontecimiento y que más tarde o más temprano es un evento inexorable que no tiene fecha preestablecida pero que puede presentarse en cualquier momento y en la situación más inesperada.
Más allá de toda esta realidad, la vida está plena de acontecimientos que son percibidos por propio y ajenos como penosos o disfrutables, muchas veces relacionados a la filosofía de cada uno y que el transitar de cualquiera, siempre va dejando huella que hace carne en las personas más cercanas y en ocasiones se extiende a multitudes para que esa huella perdure y se sume a otras huellas que fueron dejando otras personajes y que no se extinguen por más que pase el tiempo quedando en la percepción de mucha gente por tiempos inmemoriales por su forma de pensar o por las obras que la humanidad hereda y hace todo lo posible para preservarlas.
Otros, por el contrario, transitamos por la vida en forma discreta y nuestra existencia queda marcada en un reducido número de personas conocidas y pasamos desapercibidos de punta a punta y luego nos vamos acompañados por un reducido cortejo que nos custodia hasta a la última morada que no es tal porque ya no estamos ahí, la esencia vital abandona liviana el peso de su cuerpo y navega en la inmensidad infinita o simplemente se extingue, vaya uno a saber. La realidad es que cada uno peregrina por la vida de la forma más satisfactoria que pueda y cada uno lucha y la pelea y se mueve en un sendero en ocasiones escabroso y en otras amigable con altibajos que no suelen sacar de nuestra zona de confort y la alegría y la tristeza se turnan recordándonos que somos personas, seres humanos y que no hay otra manera de transitar, porque la alegría desmedida hastía, y la tristeza se cuela entre nosotros en forma inesperada.
Este jueves pasado en mi clase de yoga recibí una sorpresiva y agradable noticia, mi colega y amigo, el Dr. Gonzalo Leal estaba a punto de alcanzar una hazaña que pocos habían logrado, de acuerdos a los reportes ya estaba, luego de nadar bastante más de 10 horas a 3 kilómetros de la meta que se había impuesto, cruzar el canal del Rio de la Plata desde Colonia a la Plata por más de 45 kilómetro de distancia para lo que se había entrando largamente y sentí una gran felicidad y un gran orgullo. Cuando me retiraba de la clase, una hora y media después, salí pensando que quizás ya había llegado y esperaba ansioso esa noticia cuando minutos después recibí una llamada anunciándome que Gonzalo había fallecido. Mi primera reacción fue creer que era una falsa noticia que lamentablemente por el correr de los minutos se seguía confirmando.
A Gonzalo lo veía casi a diario porque éramos vecinos de consultorio en nuestra consulta cotidiana y nos cruzábamos numerosas veces cada día en los pasillos, nos palmeábamos en el cruce, así por años, éramos de la familia, de la familia de trabajo. Yo sé del dolor de toda la familia más cercana a los que les envío un más que sentido pésame a todos ellos, pero yo, que conozco a su padre desde hace más 50 años, desde cuando era delgado y lo conocí a Gonzalo desde su adolescencia, también me siento deudo porque se nos ha ido un amigo, un colega entrañable, parte de nuestra familia de trabajo que extrañaremos por siempre.