sábado 22 de junio, 2024
  • 8 am

La columna infiltrada: LA MADRE SOLA

La guerra de las Malvinas había terminado tres años atrás. Esa noche, a la hora de embarcar en el puerto de Montevideo, la vi parada en un rinconcito del amplio pabellón de pasajeros. Aferraba un bolso raído en el que supuse guardaría sus escasas pertenencias. Tendría algo más de ochenta años. Su mirada de tristeza me conmovió y me acerqué a ella:
-¿Va a viajar, abuela?
-Sí… Pero no me alcanza el dinero para el pasaje y no sé qué hacer… -me respondió con franqueza.
-¿Está Ud. sola?
-Sí, m‘hijo, estoy sola. Vine a Montevideo a cobrar la pensión que me dejó mi marido y en el colectivo me la robaron… -dijo con lágrimas en los ojos.
-Deme su documento de identidad, -le dije-, y espéreme aquí.
La viejita me dio su cédula argentina. Fui a la oficina y mandé que le dieran un pasaje sin cargo. Regresé a su lado:
-Tome, doña Clotilde. Vaya a migraciones y después embarque tranquila. Le hice dar un camarote para Ud. sola y un vale para cenar en el restaurante de a bordo.
Me abrazó llorando.
-¡Dios se lo pague! Tome, le dejo este dinero para pagar en algo su atención.
-De ninguna manera. Guárdelo para Ud. Mañana al llegar a Buenos Aires, le va a hacer falta.
-Personas como Ud. no existe más. Dios lo va a ayudar, y mi hijo que está en el cielo, también. ¿Sabe?: mi hijo murió en la guerra de las Malvinas.
Me volvió a agradecer y nos abrazamos largo rato. Le dije que yo también viajaría esa noche en el vapor, y que preguntara por mí en la comisaría se llegaba a precisar algo. Le di mí tarjeta y nos despedimos momentáneamente.
Nos volvimos a encontrar a bordo, después de la cena. La invité a tomar algo en el bar y durante horas me narró la historia de su vida. Su esposo había sido comerciante de éxito hasta que un mal socio lo arruinó; así perdieron todo lo que tenían. Se radicaron entonces en Buenos Aires, donde nació su segundo hijo, el que luego murió en Malvinas. Su marido había muerto hacía dos años. Le quedaba su hija mayor, con quien no se llevaba nada bien. En pocas palabras, estaba sola en el mundo.
A la mañana siguiente, luego del atraque en la dársena sur, la acompañé hasta la salida.
-¿No viene nadie a buscarla?
-Puede ser que venga mi hija, pero no sé.
Llamó a su hija por teléfono desde mi oficina.
-Dice que no puede venir que me vaya sola.
-¿Vive muy lejos?
-Vivo en Pilar.
-¿¡En Pilar!? Eso sí que es muy lejos…
Tomé el teléfono, pedí un auto de alquiler y pregunté la tarifa hasta Pilar.
-Es demasiado, m‘hijo. No lo puedo permitir.
-Cállese la boca –le dije sonriendo mientras la abrazaba-. Tome el dinero para el coche, no diga nada y, cuando tenga ganas de verme, llámeme al teléfono que está en mi tarjeta.
Mientras regresaba a la oficina del Vapor dentro del puerto, se me acercó el gerente de la compañía en Buenos Aires:
-Decime: esa que estaba contigo, ¿no era la viejita Clotilde?
-Sí, ¿la conocés?
-Claro, ¿cómo no la voy a conocer? Cada tanto viaja a Montevideo a jugar fortunas en el casino. Cuando pierde, se viste con ropas andrajosas y siempre encuentra algún tarado que le pague el pasaje. Lo hace para divertirse; es una vieja de lo más extravagante. La familia no sabe qué hacer con ella. ¿Vos no la conocías?
-No…
-Estaba vestida con ropa vieja, así que a algún gil empaquetó. Además, con el cuento del hijo que murió en las Malvinas…
-¿No murió?
-No. “Ni murió ni fue guerrero”, como dice el tango. Ella tiene dos hijas mujeres.
El gerente vio mi cara de desazón y me preguntó directamente:
-¿Vos no habrás caído en la trampa de la vieja?, ¿no?
-¡Estás loco! ¿O tengo cara de gil?

(Historia del Vapor de la Carrera de Richard Durant, primera edición 1997)
Vapor Ciudad de la Plata II, escenario del relato de Richard Durant.