martes 5 de marzo, 2024
  • 8 am

El último rancho en la calle Uruguay del Salto Oriental

Por Cary de los Santos Guibert.
Según investigaciones realizadas por nuestro querido y recordado Eduardo Santos Taborda, en la actual esquina formada por las calles Uruguay y Joaquín Suárez, dónde actualmente se encuentra el Banco Santander, existió un rancho largo, de construcción de piedras, con techo de teja españolas, «…Vivía en el citado rancho un matrimonio español, que tenía un tambo y que al mismo tiempo que expendía leche, comerciaba con piedras ágatas y abrillantadas, conocidos en aquel entonces en nuestro medio, por sus genios violentos e intransigentes, a él lo llamaban – El Terrible – (su nombre don Pascual) y a ella – La Terrible – . Más tarde este tambo es transferido a un francés, que es conocido por Monsieur Charlo, quién anexa al tambo y venta de piedras, una librería y la venta de los primeros billetes de lotería que se conocieron en Salto…”.
ESQUINA DE ASPECTO MACABRO
Después de la – lechería y librería – de Charlo, se estableció en su lugar la empresa de pompas fúnebres y fábrica de guitarras del señor José Verdemiró, y esta esquina tomó un aspecto macabro, porque este señor había ideado un sistema de propaganda para sus servicios, que llenó de terror a las viejas beatas que pasaban para las misas y las novenas de la iglesia. De día exhibía en la vereda una variedad de féretros y de artículos funerarios juntos con una también variedad de guitarras. En una pieza con puerta y ventana a la calle Real (Actualmente Uruguay), todas las noches Verdemiró realizaba un simulacro de velorio con un individuo dentro del cajón y un buen número de plañideras y llorones que a grito pelado lloraban alrededor del supuesto muerto. Un día, a instancia de la curia y de las beatas, intervino la Jefatura y puso término, a este sistema de propaganda tan pintoresca y espeluznante al mismo tiempo…» Eduardo S. Taborda, sobre este personaje, dice: «Verdemiró estaba considerado por nuestro pueblo como un – loco lindo – y ocurrente por las cosas que inventaba y hacía pero más que loco este Sr. resultaba, observándosele bien, un tipo hábil e inteligente al cual todos los medios le eran buenos para sus fines comerciales…»
COMO ALMA QUE SE
LLEVA EL DIABLO
El escritor salteño Taborda, referente a este personaje pintoresco e ingenioso, no exageraba en nada al dar su juicio. Considero oportuno transcribir lo publicado en el diario local «EL Avisador» del 14 de octubre de 1896, que informaba a sus suscriptores, sobre una de las tantas de Verdemiró:
«DE ACUERDO – Uno de nuestros colegas locales pide á la policía que impida que el señor Verdemiró lleve su trineo á todo lo que pueda escapar su ponny, con manifiesto peligro de los transeúntes. Tiene razón; el domingo lo vimos ir por la calle Uruguay y al Este y más tarde por las afueras de la ciudad, como alma que se lleva el diablo, y esto cae bajo la acción de las disposiciones policiales y debe llamársele al orden.»
ANTECEDENTES
DE RANCHO
Ildefonso Pereda Valdés en su obra «El rancho y otros temas de etnografía y folklore”, nos brinda interesante información sobre el rancho, y es oportuno presentarla a continuación. «El rancho fue la típica vivienda del gaucho, y sigue siendo en menor grado, la del campesino uruguayo, porque hoy tiende a desaparecer. El vocablo «rancho» se ha sostenido que es de origen europeo, del alto alemán, kring, círculo, según Augusto Malaret sería de origen genovés-veneciano. Tiene la misma acepción en ambas márgenes del Plata, en cuanto se refiere al vocablo a la construcción de techo de ramas o paja, y paredes de barro retobado. Con otro significado se le conoce en Estados Unidos y México, establecimiento ganadero más pequeño que la hacienda, y en Centro América y Colombia, tendría su equivalente en el «bohío», que es una cabaña de ramas o cañas. Su fisonomía rural es innegable, de tal manera, que se le puede considerar como la vivienda rural por excelencia. Si bien en medio de una extensión de campo en la época del coloniaje, y aún hoy se construyeron viviendas de sólida piedra, o ladrillos revestidos de argamasa, estas sólidas construcciones, que se levantan como señeros castillos que recuerdan el medioevo europeo transportado al siglo XVIII, son el habitáculo preferido del señor o patrón. El peón, el resero, el agregado, o el puestero, vivieron y viven en ranchos de paja y de terrón, alejados de la estancia o contiguos a ella. Desde el punto de vista social existe ya un principio de discriminación entre el estanciero y el gaucho pobre; como en el lánguido, aunque no siempre tranquilo transcurrir del coloniaje portugués, la fueron la Casa Grande y la Senzala, que separa a los amos de los esclavos. El hecho el rancho se haya adherido, como un hongo que al frondoso árbol que le sirve de sustentación, a los pueblos o ciudades del interior del Uruguay, no lo urbaniza, ni le quita esa fisonomía rural; porque una cosa es el rancherío y otra, el rancho rural…»