jueves 3 de abril, 2025
  • 8 am

María de Navidad

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

479 opiniones
Via Crucis

Por el Padre Martín Ponce de León
Al pronunciar tu nombre te detienes, esbozas una sonrisa y permites te dirija la palabra mientras tus ojos brillan de pura cercanía. Esa actitud tan cercana, de tu parte, me anima a formularte una pregunta. Tu sola presencia me inspira respeto y admiración, pero, ambas cosas desaparecen cuando esbozas una sonrisa, puesto que todo lo tuyo se hace delicada cercanía y ternura. “María, ¿qué experimentaste en el día de la navidad de Jesús?” No necesitaste de mucho para responderme. Parecía, y, sin duda, los recuerdos estaban muy frescos en tu corazón materno. Más que recuerdos era, me dio la sensación, aquello una constante presencia en su vida. “Para contestar esa pregunta no puedo limitarme a un único momento puesto que, te podría decir, fue el final de un largo tiempo y el comienzo de otro totalmente diverso al primero. Su navidad es como el cierre de una etapa y el comienzo de otra. Ambas etapas fueron totalmente distintas, pero, demasiado asombrosas y hermosas como para que las pueda olvidar o que pueda hablarte con indiferencia de cualquiera de ellas. Por ello es que, para responderte, debo saber si tienes un algo de tiempo disponible” No daba crédito a lo que escuchaba. María pidiéndome autorización para ocupar mi tiempo mientras yo me sentía fascinado de que ella me obsequiase de su tiempo. “María, nada me resulta más importante que poder escuchar tu respuesta” le respondí, casi a media voz, mientras un nudo de emoción se apretaba en mi garganta. “Todo comenzó cuando Dios tomó la decisión de hacerse hombre. ¿Te puedes imaginar lo que sentía, en mi interior, cuando descubrí que me estaba solicitando autorización para que le dejase utilizar mi vientre y mi sangre porque entre nosotros quería nacer? Luego de haber respondido “Que se haga, en mí, tu palabra” una inmensa sensación de felicidad y desconcierto se apoderó de mí. Por momentos me invadía una gigantesca dicha porque Dios había puesto sus ojos en mí. Por momentos me decía a mí misma que ello era un imposible puesto que debía haber mal entendido lo que me pareció escuchar. Yo no era digna de merecer tal dignidad. Por momentos me ganaba la prisa por ir a ver a la prima Isabel. Ustedes muchas veces dicen que salí rumbo a su casa para darle una mano y, ello, es verdad, pero, también es verdad que me motivaba la necesidad de saber si era cierto lo que había entendido. La verdad de lo escuchado eran los seis meses de su embarazo. Traspasada de gozo comencé a vivir ese tiempo donde mi dicha crecía junto con ese ser que ya estaba en mi vientre y se hacía sentir. Cuando llegó el momento del parto nada era más importante que el hecho de saber estaba pariendo a Dios con nosotros”. Hizo un breve silencio para recuperar un algo de aliento y continuó: “La pobreza, lo insólito del lugar, las visitas, todo era secundario ante el hecho de poder cobijar sobre mi pecho a aquella criatura tan especial. El mundo me resultaba pequeño para poder contener toda mi dicha. Me era imposible no estar, constantemente, sonriendo al saber que acunaba en mis brazos un puente de amor y carne entre Dios y los hombres. Eran muchos sueños de los seres de mi pueblo que se hacían realidad en aquel niño, mi hijo. Era una inmensa cantidad de ilusiones que se hacían realidad en aquel manojo de ternura y fragilidad que se alimentaba en mi pecho de madre. No existen las palabras que puedan servir para explicar lo que ha sido la navidad de Jesús. Solamente puedes tener una idea cuando puedes hacer que tu corazón se convierta en pesebre y permitas que Él nazca allí. Es una gozosa experiencia el poder comprobar que Dios, en su infinita bondad, ha puesto los ojos sobre ti para que puedas vivir la experiencia de que Jesús te hace FELIZ y es lo que deseo para ti” .