Por el Dr. César Suárez
Intentar reparar lo que se ha dañado es un gesto de voluntad, de entereza, de rebeldía y de esperanza, pero lo que se ha roto, nunca volverá ser como era, la experiencia acumulada por la humanidad ha demostrado a cada paso que prevenir en infinitamente mejor que reparar y la inteligencia humana centrada en la investigación y la ciencia ha buscado incesantemente anteponerse a lo evitable.
A diario, personas que tiene una vida normal y saludable sufren eventos imprevistos o no, que cambian en forma dramática la vida de una o varias personas y a su entorno, analizado cada evento y sus circunstancias, frecuentemente concluimos que ese evento podría haber sido evitable si se hubiese procedido de otra manera.
Un accidente de tránsito, un accidente laboral, una enfermedad tardíamente diagnosticada.
Hay muchos acontecimientos que son casuales e imprevisibles cuando se desencadenan una serie de sucesos coincidentes estadísticamente improbables, pero en otras circunstancias, cuando se asumen conductas temerarias, que se oponen a directivas racionalmente consensuadas, la probabilidad que suceda un acontecimiento evitable, crece en forma exponencial.
En este contexto suelen suceder acontecimientos desagradables que no tendrían que haber sucedido.
Las vivencias colectivas van tejiendo historias que han ido llevando a la humanidad a intentar neutralizar la probabilidad de dramas experimentados utilizando la experiencia ya vivida para no volver a caer en los mismos errores ya padecidos.
El libre albedrío es la expresión máxima de la libertad individual, pero suele colindar con libertades ajenas, el intentar ponerse de acuerdo es el primer gesto de encontrar un camino de convivencia racional sin comprometer las legítimas aspiraciones de avanzar con independencia para dar cabida a los objetivos individuales, pero para los que no entienden acerca de los derechos ajenos no queda otra alternativa que alguien haga cumplir las reglas.
La responsabilidad de la conducta individual es de cada uno y la consecuencia de cada acto, también, pero en muchas circunstancias, conductas temerarias trascienden consecuencias que afecta a terceros perjudicando a quienes forman parte del entorno o la cercanía.
Por todas estas razones, la humanidad se ha visto necesitada de ponerse de acuerdo y generar reglas que establezcan que cosas están permitidas y cuales cosas no, a efectos de facilitar la convivencia intentando que cada regla facilite el desempeño individual a la vez que proteja al conjunto de la sociedad en intentar dejar que la convivencia fluya dentro de parámetros racionales sin la necesidad de que nadie intervenga en la medida que no haya nada para corregir.
Sin embargo, la realidad muestra a cada instante que la conducta humana suele ser disruptiva porque cada uno tiene dentro de sí una rebeldía natural que no siempre se puede o se quiere racionalizar y si bien, cuando compartimos el concepto de democracia extrema, debe existir una amplia flexibilidad, cuando se violan determinados extremos no queda otra alternativa que intervenir para corregir los desvíos para evitar lo evitable.
La sociedad en su conjunto, en el correr del tiempo, ha ido perfeccionando las reglas de convivencia y la educación colectiva nos ha enseñado a tolerar lo diferente o lo contrario a nuestra opinión, pero a pesar de todos las reglas y las leyes son necesarias con el fin de evitar lo evitable pero cuando se transgreden, no alcanzan con que existan sino que es necesario que alguien las haga cumplir con las herramientas que tenga a su alcance y en una sociedad democrática ese papel le corresponde al Estado y a sus autoridades demócratamente elegidas para ese fin.
Los acontecimientos cotidianos suelen ser muy aleatorios, pero en la mayoría de los casos previsibles, planificar para prevenir acontecimientos eventualmente catastróficos es tarea del poder político a través del Estado buscando en forma constante anticiparse con eficiencia para intentar evitar lo evitable.
Columnistas