Sábado 11 de julio, 2020
  • 8 am

Amigos de lo ajeno

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
Hay muchas dudas acerca de cuándo el mono sapiens comenzó a poblar la tierra y de cuál fue su origen, frecuentemente aparecen pruebas sobre todo en cuevas acerca de testimonios pictóricos y e instrumentos elaborados por manos inteligentes que son datados en decenas de miles de años anteriores a nuestra era.
En estos días se está publicando acerca de los predecesores del homo sapiens, los neandertales quienes según se cree, manipulaban conchas de mar y piedra pómez para obtener herramientas.
Lo cierto es que en aquella época, el mundo era ancho pero no ajeno como ahora, todo lo que había no tenía dueño y los pobladores tomaban lo que necesitaban de lo que había que no era mucho pero suficiente para sobrevivir.
No sé en qué momento comenzó la idea de “esto es tuyo y esto es mío” cuando cada uno comenzó a acumular para sí y a repartirse lo que había y la proporción se iba estableciendo de acuerdo de la ley de más fuerte y la ley del más “vivo” y supongo que como ahora, numéricamente predominaba la “gilada” y unos pocos avivados, como siempre se apropiaban de casi todo.
La batalla por la propiedad de cualquier cosa, pero sobre todo de la tierra, gestó batalla memorables donde morían como moscas la gilada al mando de los avaros y en ocasiones se rompía mucho más de lo que quedaba, en algún momento comenzaron a ponerse de acuerdo en establecer ciertas reglas que fueron dando forma progresiva al ordenamiento jurídico con la intención de atemperar las batallas.
Se pactaron reglas, normas, se hicieron acuerdos que a veces se respetaban y se fue avanzando de a poco a el establecimiento de leyes y se organizaron fuerzas para hacer respetar lo acordado que obviamente favorecían a los que generaban las leyes que se aseguraban de preservar de lo que se había apropiado y de paso, aumentar en algo lo que ya habían acumulado.
Poco a poco y a los tumbos fue avanzando el ordenamiento jurídico hasta nuestros días con versiones variopintas en diferentes partes del mundo con conceptos diversos en relación a los derechos de propiedad.
Desde que existe el derecho de propiedad, lo que es de uno, es de uno y lo que es ajeno es ajeno, a su vez, cada individuo o institución puede intercambiar sus pertenencias con otras personas e instituciones a cambio de algo que briden satisfacción a ambas partes y para facilitar el intercambio se creó el dinero, papeles o monedas simbólicas que le da un precio a cada cosa que a su vez cuentan con la garantía del emisor, a lo que ahora, en tiempos del arrollador avance informático, se le ha agregado la tarjeta de débito o de crédito para no tener que andar con dinero encima.
Ese intercambio de cosas entre las partes a su vez está regulada por la ley que rige a cada Estado y cada operación de esta naturaleza suele tener que pagar un tributo para que cada Estado pueda cumplir con sus obligaciones (seguridad, educación, salud, infraestructura, servicios en general salarios etcétera).
Hasta aquí, todo bien, o más o menos bien, el problema comienza cuando alguien intenta obviar las reglas del intercambio y toma de lo ajeno sin un acuerdo previo a través de la fuerza, el descuido o el engaño.
A partir de aquí comienza un nuevo concepto, el de apropiación indebida o robo.
Robar es apropiarse de algo que a uno, de acuerdo a las normas vigentes, no le corresponde o quedarse con algo que le pertenece a otra persona o institución.
A título de ejemplo, robar es quedarse a través de cualquier medio no lícito, con la gallina, con la oveja o la garrafa de quien oficiaba de dueño, acontecimiento fácilmente detectable y que genera indignación del afectado y en general de la comunidad la que obviamente reclama por mayor seguridad.
Insisto, robar, es quedarse con lo ajeno, por lo tanto, por si quedan dudas, también es ladrón el que le paga a un empleado menos de lo que establece la ley, el que no aporta por ellos a los organismo de previsión, social, robar, es evadir impuestos, comprar cosas de dudoso origen, contrabandear, o sea, quedarse con lo ajeno y para peor, de algo que le pertenece a la gente más desvalida.
Lo curioso es, que los robos más voluminosos por lejos los realizan gente socialmente respetable y los que más se quejan de la inseguridad y que reclaman mucha dureza con el ladrón de gallinas pero más blandura en los controles que intentan fiscalizar su propia apropiación indebida.