sábado 26 de noviembre, 2022
  • 8 am

Cien años de “El bocha»

Andrés Merino
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Andrés Merino

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Por Andrés Merino
«Qué hacés ahí sentado, Pacheco? Móvamonos, vamos ya mismo a Casa de Gobierno que tenés que asumir la Presidencia cuanto antes. El país está en llamas!»
Así apuraba Ulises Pereira Reverbel al joven Vicepresidente del Uruguay en la madrugada del 6 de diciembre de 1967. Jorge Pacheco Areco, de 47 años, estaba sentado, callado, como era su costumbre, en una silla cercana a la cama donde yacía, recién fallecido de un fulminante ataque cardíaco, el Presidente de la República Oscar Diego Gestido, tras sólo nueve meses de gobierno. A primera vista, parecía que no pensaba en nada; solía aparentar que estaba ausente, circunstancia que descolocaba a sus interlocutores muchas veces. Lo había despertado, cerca de las dos de la madrugada, el Ministro del Interior, Manini Ríos para darle la noticia. Y allí estaba, en los fondos de la sencilla casa de Gestido, ubicada a escasa una cuadra del Club Bohemios de Pocitos. Poca gente iba y venía; se hablaba bajo y las miradas buscaban a ese hombre joven quien para los no allegados representaba todo un enigma que se iría descifrando en los próximos meses.
La voz enérgica de Pereira Reverbel lo sacó de su inmovilidad y decidió seguir el apremiante consejo de su amigo. Al rato, «en una escena fantasmal» en el Palacio Estevez de Plaza Independencia, según el relato de Julio María Sanguinetti, recreado hace pocos días en Facebook por el Dr. Pablo Perna, rodeado de un pequeño grupo, Pacheco juraba ante el Escribano de Casa de Gobierno como nuevo Presidente de la República.
Algunos de los presentes, como Federico García Capurro, Héctor Giorgi, Danilo Sena, un jovencísimo Carlos Pirán, entre otros, conocían a Pacheco, pero sus atribulados ánimos no sospechaban de la estatura que tomaría aquel personaje, parco, de fuerte complexión física de deportista, cuya firmeza de carácter sería proverbial en años venideros.
Desconocido para el gran público, Jorge Alejandro Pacheco Areco, proveniente de linaje político por vía paterna y materna, había sido diputado, con estudios de Derecho y docente de Literatura. Tuvo una ascendente carrera periodística en el diario El Día, propiedad de sus tíos Batlle Pacheco, quienes habían adivinado talento en aquel joven, a quien le hicieron recorrer el camino desde su ingreso al matutino como notero. Llegó a ser Director de El Día hasta que decidió acompañar la candidatura del General Oscar Gestido en 1962, como consecuencia del famoso cisma entre la 14 y la 15, listas del Batllismo del Partido Colorado.
Pero para el gran público, ese hombre de mirada clara y penetrante, era una gran incógnita para conducir al país en uno de los momentos más dramáticos de su Historia.
Realmente, el Uruguay estaba en llamas.
La crisis que se arrastraba desde fines de la década del ’50 se acentuaba día a día: una inflación galopante esfumaba los ingresos de las clases media y trabajadora; un sistema político atomizado y desgastado ante los ojos de la población; y un brutal ataque al modelo democrático republicano por parte del Comunismo y sus parientes ideológicos el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, quienes activos desde hacía cinco años constituían el luctuoso escenario en que se desarrollaba la vida en el Uruguay de fines de los sesenta.
Es que con la exportación de la Revolución por parte del régimen cubano, el Partido Comunista, conductor de la CNT (hoy PIT CNT), de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEUU), agremiaciones de profesores y asociados, escogidos referentes de la cultura, sumados a la acción delictiva directa de los Tupamaros, OPR-33, y otros, estaban decididos a destruir las instituciones democráticas sustituyéndolas por el modelo castrista sin más trámite.
La Policía estaba desbordada por el accionar subversivo, que crecía en audacia, preparación y violencia. Aquellos aparentemente «Robin Hood» de sus primeras acciones fueron mutando en ladrones de bancos, copadores, secuestradores y asesinos a sangre fría al punto que su lógica los transformó en vulgares terroristas al momento de su derrota militar a manos de las Fuerzas Conjuntas, llamadas por el gobierno democrático de Pacheco y el Parlamento a combatir una amenaza nunca vista antes por nuestra sociedad.
Aquel desconocido de pasmosa calma y pocas palabras derrotó a la inflación aplicando una política de shock audaz que tuvo éxito puntual en su momento, combatiendo el agio y la especulación; diseñó un exitoso Plan Nacional de Viviendas, apoyó a muchos miles de colonos a través del Instituto Nacional de Colonización, aumentó nuestro mar territorial a doscientas millas marinas de la costa. Enfrentó, como se dijo, el ataque guerrillero con decisión y una valentía contagiosa para muchos uruguayos. Mantuvo, en fin, a raya a extremistas de izquierda y a posibles golpistas de derecha (e izquierda también); se sabía que mandaba Pacheco, con una amplia base de apoyo en la población de a pie. Sabida es la opinión generalizada de esa época de que si no hubiera estado este hombre al mando, muy posiblemente el embate comunista habría tenido éxito en Uruguay.
Finalmente, condujo al país, utilizando herramientas constitucionales, sin violar la Carta Magna, según admitiera el propio Gral Seregni, a elecciones libres en 1971, en las cuales la iniciativa de su reelección contó con 500.000 votos de apoyo. En estos días se cumplieron cien años de su nacimiento, y la figura de Jorge Pacheco Areco, criticado por unos e idolatrado por otros, no podía pasar desapercibida en nuestro recuerdo. El Frente Amplio rechaza todo tipo de reconocimiento a este hombre, pues su impronta marxista así se lo indica, y los tupamaros no le perdonan haberles aguado su asalto violento al poder, circunstancia que me reafirma en mi eterna admiración a «El Bocha».