Sábado 27 de febrero, 2021
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César Suárez
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César Suárez

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Por el Dr. César Suárez

En la sociedad actual, la comunicación se ha transformado en un ingrediente fundamental y la tecnología moderna ha desarrollado en tempo record herramientas comunicacionales a una velocidad mucho más rápida de lo que se puede “metabolizar”.

Mirando un poco hacia atrás casi que no se puede creer los cambios que nos ha tocado vivir y aunque yo he vivido unas cuantas décadas, me da la sensación que han transcurrido siglos dada la velocidad de los cambios operados.

Ya he hecho referencia en otras oportunidades, cincuenta años atrás, cuando yo, adolecente, me tuve que trasladar a Montevideo para poder ingresar a la Facultad de Medicina, quedó mi familia en la campaña del departamento de Lavalleja, diría, que en el medio de la nada y apenas me podía comunicar por carta la que tenía que hacer varias escalas antes de llegar a destino y como no había recursos para estar viajando en complejas combinaciones de transportes, era habitual que pasara tres meses sin tener noticias directas de mi familia, ni yo de ello ni ellos de mí.

En mil novecientos ochenta viajé por razones de estudio a Europa y la única manera viable (razones económicas) de comunicación era por carta y la última carta que escribí, la recibí yo mismo cuatro días después, (había llegado yo de regreso antes que la carta), ahí me enteré por mí mismo como me estaba yendo días previos al regreso.

En la década del ochenta, comunicarme al interior por teléfono era poco menos que imposible, había que solicitar la comunicación a una operadora y esperar horas y horas al lado del teléfono que la comunicación llegara, poco después los teléfonos se automatizaron

En la década de los noventa vino la novedad de internet y el correo electrónico, parecía un sumun insuperable, poco después aparecieron los teléfonos celulares que comenzaron a personalizar la comunicación, los mensajes sms, después los teléfonos inteligentes y no hace tanto, la explosión de aplicaciones de texto y de imagen donde cualquiera está hipercomunicado y expresa lo que se le antojo en el momento que se le antoja en redes sociales que abarcan a todo el planeta en forma instantánea.

Confieso que a mí no me atraen demasiado las redes sociales salvo para cuestiones muy concretas y he tardado bastante en incorporarme, primero lo hice con WhatsApp integrando un grupo de intercambio de información médica y de consulta de casos clínicos, en Facebook dado que hay sociedades científicas que alojan sus páginas de información en esta red social, pero hasta ahora la uso sólo como consulta y no publico nada.

En los últimos meses ha habido una eclosión de herramientas de trasmisión de imagen, a la ya famosa aplicación de Skype, se ha agregado hace algunos años la aplicación Zoom que se ha hecho masiva en épocas de pandemia para sustituir las reuniones presenciales lo que ha sido a mí juicio una especie de bendición porque nos ha permitido en medicina, acceder a eventos científicos en forma cotidiana que en épocas de presencialidad exigía mucho esfuerzo físico y económico para estar al día.

He participado en innumerables eventos casi a diario desde la comodidad de mi casa, la semana pasada, participé en un extensas jornadas de actualización de psoriasis y resulta que la organizadores de este evento alojan su información en Instagram lo que me obligó a instalar la aplicación con la intensión de acceder a toda la información allí alojada pero sin publicar nada, sin embargo, de repente me encuentro “seguido” por decenas de personas, muchas conocidas y otras que ni idea y la verdad que no sé para qué me siguen, si no he publicado ni media palabra.

Hasta ahora ni en Facebook ni en Instagram no sé qué hacer con tantas solicitudes de amistad ni con los que han decidido seguirme, pienso que es una descortesía no responder algo y seguramente lo voy a hacer en cuanto averigüe como es que funciona,pero, de todos modos, no creo que publique algo, simplemente responderé de algún modo a todos aquellos que me han honrado con solicitud de amistad o han decidido seguirme, aunque no sé a dónde y hasta donde, de todos modos, el que me quiera seguir que me siga que me encontrará enseguida, aquí en la vuelta nomás.