Sábado 4 de diciembre, 2021
  • 8 am

Emociones

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
La felicidad en un estado emocional vinculado a la apreciación positiva que un individuo tiene acerca de su situación vivencial de un determinado momento que se sobrepone a cualquier otra adversidad en la percepción de quien lo valora y no tiene relación necesariamente con un valor material ni con su dimensión, si no con la satisfacción de estar logrando o haber alcanzado un determinado objetivo o de haber logrado lo deseado.
Esa percepción de la felicidad es un valor relativo y tampoco tiene que ver con la grandilocuencia del logro obtenido sino del estado mental del individuo que lo percibe y lo que en un determinado momento puede ser un motivo de devastación, en otro, ese mismo acontecimiento, generar un estado de satisfacción y euforia dependiendo desde donde se viene y hacia donde se va.
Hay muchos ejemplos que nos demuestra cómo opera nuestro cerebro ante un mismo acontecimiento y como un mismo hecho se puede trasformar en un padecimiento o en un regocijo tanto por lograr algo deseado como por recuperar, aunque no sea más que una parte de lo que se creía perdido, aunque sea mucho menos que lo que se disponía cuando se perdió.
En nuestro país, habitualmente, todo ejemplo se suele relacionar con el fútbol porque es un lenguaje que todo el mundo entiende, por esa razón, una vez más, me tomaré la libertad de usarlo como referencia.
Cuando se disputa un partido de fútbol, cada cuadro y sus simpatizantes tiene como objetivo obtener el triunfo y de inicio, normalmente a nadie le sirve otro resultado que no sea una victoria, sin embargo, si el transcurso de la disputa, el equipo A logra un gol y mantiene su diferencia hasta el último minuto, si en ese momento el equipo B que va perdiendo logra empatar genera un estado de euforia en sus simpatizantes y estado de decepción en los del equipo A, pero si hubiese sido al revés, y el que hubiese comenzado ganando fuera el equipo B y el que empata fuera el equipo A, la euforia final sería de los simpatizantes de este equipo y la decepción del equipo que iba ganando.
El resultado, siendo el mismo, cambia el humor de uno o del otro y la alegría y la decepción cambian de bando de acuerdo a la ilusión y fantasía que cada uno se elabora en su cabeza y donde la esperanza, la ilusión, la perspectiva, el anhelo, la expectativa y resignación arman su ensalada para hacer que una misma cosa pueda generar euforia o desaliento.
Más allá de situaciones extremas generadas por acontecimientos dramáticos inesperados, la felicidad y la decepción la elabora cada uno en su cabeza y hasta un indigente puede disfrutar de estados de felicidad por mínimos logros y un individuo que rebosa de recursos, sufrir amargamente por no lograr determinados objetivos que forman parte de su ambición.
La sensación de felicidad o de tristeza es un estado emocional personal y su dimensión la vive cada uno en su propia cabeza en una escala que le pertenece a cada uno y la experimenta de igual modo cualquiera sin importar el grado social o de disposición de recursos, la felicidad no se compra, simplemente se percibe.
La realidad es la realidad, no suele ser ni buena ni mala, la percepción o la interpretación de cada uno es la que le pone un valor con un resultado tan dispar que el mismo acontecimiento que a una persona le puede generar un estado alegría desmedida, a otra, una total indiferencia y a otra, una tristeza inconmensurable, todo depende de la escala de valores que cada uno se haya construido en su cabeza en el curso de su vida.
Las emociones van y vienen y van generando nuestra historia y moldeando nuestra personalidad y nuestra escala de valores en una forma de enfrentar los avatares de la vida en forma más digna posible a pesar de los obstáculos que las circunstancias nos imponen.