lunes 4 de marzo, 2024
  • 8 am

Don Bosco hoy

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Ya quisiera poder hacer del 31 de enero una verdadera fiesta.
El día de hoy es el de un compromiso que se hace intento.
No puedo quedarme en el Don Bosco que ya ha muerto.
No puedo quedarme en el Don Bosco de la institución.
No puedo quedarme en el Don Bosco de los documentos.
Debo quedarme con ese Don Bosco que hoy conserva la frescura de su desafío.
El Don Bosco que no se limita a repetir lo de la mayoría sino que busca por caminos propios.
El que no teme no ser entendido o ser mal interpretado.
El del amor entrañable por los niños y jóvenes, particularmente los de la clase más necesitada.
El de la cercanía y conocimiento de cada uno de sus jóvenes.
El de la palabra al oído.
El de los métodos no convencionales.
El que rompía esquemas y era señalado y mal visto.
El que buscó brindar aquello que la sociedad no brindaba.
Para ello buscó, una y mil veces, por distintos senderos, aquellos que fuesen de mayor utilidad.
La vida le había hecho transitar por muy diversos caminos y a cada uno de ellos los supo poner al servicio de sus muchachos.
Pero, fundamentalmente, la vida le había ido enseñando la profunda necesidad de confiarse a Dios.
Ello fue lo que realizó.
Buscó ser fiel y para ello cargó con la cruz que en muchas oportunidades se hizo dura y amarga.
Nada importaba ni le detenía.
Se sentía llamado a servir a sus muchachos para obtener su salvación y así ser santo y puso todo lo suyo al servicio de esa causa.
Por ello entusiasmaba y convencía.
Sabía que en esa tarea no estaba solo.
Él y Ella eran los permanentes referentes de su camino y desde ellos se animó a emprender las osadas empresas que supo llevar adelante.
Austero, paternal, exigente, tenaz, constante, atento, solícito, disponible.
Algunas de esas cualidades de las que supo alimentarse en una constante oración.
Lo suyo era una educación desde la informalidad de un espíritu de familiaridad que era tan necesario en aquellos muchachos tan carentes de afecto.
No se refugió en las estructuras de una familia que crecía a ojos vista sino que quería a sus hijos “en mangas de camisa” para ser útiles y serviciales.
Sin duda que las cosas han cambiado con el paso de los tiempos.
Los jóvenes ya no son los mismos que en los finales del siglo XIX.
Pero el desafío se conserva intacto.
Brindar lo que la sociedad no brinda.
Es el desafío a la audacia.
A la búsqueda constante.
A la constante renovación.
Al tránsito por caminos nuevos sin temor a la equivocación.