martes 16 de abril, 2024
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Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Había escuchado no muy halagüeños comentarios sobre el barrio.
Para facilitar el acceso al mismo una antigua residente se ofreció para acercarnos.
Ya, de entrada, algunas cosas llamaron mi atención.
Dos mesas dispuestas a recibir una veintena de comensales. Ambas mesas cubiertas con unos muy pulcros manteles.
Poco a poco fueron llegando los niños y se ubicaron frente a sus respectivos jarros. Los varones en una mesa y las mujeres en la otra. No entendí la necesidad de esta separación pero la misma se daba con total naturalidad.
Allí sentados, una veintena de niños, ni hacían saber de su presencia puesto que todos esperaban en silencio. Algunos adultos presentes también hablaban en voz baja.
El silencio era una presencia notoria.
Los niños esperaban con absoluta calma.
Llegó el momento de servir lo que habrían de comer y beber.
Ninguno de los niños estiró una de sus manos para tomar la bebida o para tomar un trozo de comida.
“Hasta que no se les indica no empiezan a comer” Y así sucedió.
Comieron y repitieron sin la necesidad de algún grito, de alguna voz fuera de tono o alguno que se levantase de su lugar.
“Nosotros los adultos comemos luego de que ellos terminen. Si sobra nos servimos nosotros”
Un grupito de adultos, sentados cerca de las mesas de los niños miraban en silencio como estos comían.
Todos, durante todo el tiempo, hablaban en un volumen que resultaba imposible de creer.
Solamente se sabía de la presencia de aquel grupo de niños por sus ojos brillantes que iban en todas las direcciones y por sus bocas que sonreían y mascaban.
Comencé a pensar que el particular comportamiento de aquellos niños se vería alterado ni bien terminasen de comer pero, debo reconocerlo, comenzaron a marchar en el mismo silencio con el que llegaron.
Es obvio que ese grupo de niños no son un reflejo de la realidad del barrio.
Son una pequeña muestra del mismo. ¡Pero, sin duda, una muy particular muestra!
Daba la impresión que se había realizado una selección muy especial de los niños que habrían de sentar junto a las mesas en esa oportunidad.
Daba la impresión que deberían haber gastado muchas horas enseñando a los niños un comportamiento ideal ya que tenían visitas.
Daba la impresión de que se había reunido a un grupo de actores dispuestos a llevar adelante una puesta en escena.
Sí, no parecían niños que viviesen en un barrio del que se realizaban los comentarios que había recibido con antelación.
Ya ha transcurrido un buen tiempo de mi presencia en aquel lugar pero aún conservo el impacto de lo vivido desde aquel grupo humano.
Dicen que las primeras impresiones son las que perduran y no puedo saber cuáles son ellas porque todo lo veo desde un impacto que aún perdura.