lunes 17 de junio, 2024
  • 8 am

Reconfortante

Padre Martín Ponce de León
Por

Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Vaya uno a saber lo que puede resultar.
Me habían solicitado hablase con una persona para coordinar la posibilidad de una oportunidad de encuentro y solidaridad.
Es evidente que, ante muchas interrogantes, era imposible tener una respuesta y que la misma podía surgir una vez realizada una experiencia.
En el lugar todo era expectativa y novelería.
No había posibilidad de disimular la pobreza o las limitaciones que son bien propias del lugar.
Cuando llegué ya estaba encendido un poderoso fuego donde hervía un suculento guiso.
Una olla con leche y cocoa brindaba un olor particular y dulzón que se expendía por el ambiente.
Ya estaba todo en pleno funcionamiento salvo una mesa donde todo estaba dispuesto para que cuando aquellas personas llegasen pudiesen hacer unas cuantas tortas fritas.
Poco a poco se iban arrimando algunas mujeres y algunos niños.
A la hora señalada aparecieron las personas que iban a vivir la experiencia de compartir con generosa solidaridad.
Era un grupo de casi una quincena de personas que fueron recibidos con gran amabilidad por parte de la dueña de casa.
Saludos varios y la voz de la dueña de casa se hacía escuchar narrando lo que allí se realizaba. Número y frecuencia era tema recurrente en sus comentarios.
Daba la impresión que a nadie importaba las limitaciones que allí se podían observar.
Mientras algunos se pusieron a jugar con los niños presentes, otros se abocaron a la confección de las tortas fritas.
Un sartén con grasa sobre una parrilla hacía saber que muy pronto comenzarían a aparecer las tortas fritas que acompañarían a la leche con cocoa. La dueña de casa insistiría en hablar de “la cocoba” que se habría de servir y que fue lo primero que se retiró del fuego.
Un fuego que, por momentos, se volvía muy intenso o humeante.
Allí comenzaron a realizar la fritura de las tortas fritas. El calor se volvía molesto y abrazador, pero ninguna se quejó por más que los ojos llorosos delataban que la tarea no era sencilla ni cómoda.
Mientras tanto, en otras dos ollas, hervía un guiso que iba tomando cuerpo a ojos vista.
Llegó la hora de compartir la cocoa con tortas fritas y todo desapareció en un instante. Las tortas fritas disponibles eran las que iban saliendo directamente del sartén.
Las personas que habían ido se encargaban de ir y venir sirviendo y tratando de atender a todos. Matizaban la tarea con sonrisas que brindaban y conversaciones que sostenía,
Casi de inmediato comenzaron a servir el guiso. Para facilitar la tarea se organizaron, prestamente, en una fila que se movía con rapidez.
Los niños comían con avidez y los adultos recibían la comida que habrían de llevar a sus hogares.
En muy poco tiempo todo se terminó. Las enormes ollas, por más que se inclinaran, hacían saber ya no había más para extraer.
Con el fin de toda la comida se terminó la actividad y cada uno emprendió su camino de retorno. Quedaba, únicamente, la satisfacción de haberse vivido una oportunidad reconfortante puesto que no quedó la sensación de “locatarios” y “visitantes” sino que todos fueron parte de una actividad donde fueron servidores de la solidaridad y ello siempre es, por demás, reconfortante