viernes 19 de julio, 2024
  • 8 am

El dólar y la inacción

Estudio Signorelli & Altamiranda
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Estudio Signorelli & Altamiranda

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Joaquín Forrisi
Para Estudio Signorelli&Altamiranda
La economía de Estados Unidos no está dinámica: la inflación se mantiene baja en 3,3% en los últimos 12 meses hasta mayo pero el mercado de trabajo enfrenta dificultades, que el desempleo se ubicó en mayo en 4%, el mayor número desde noviembre de 2021, cuando la pandemia de COVID-19 aún tenía repercusión en el mercado laboral.
Frente a esta situación de inflación baja y desempleo alto, la Reserva Federal de Estaos Unidos -Fed- se espera baje la tasa de interés, que actualmente se encuentra entre 5,25% y 5,50%. El mercado esperaba que esta semana hubiera una baja de al menos 1% en la tasa, pero no ocurrió. De la última reunión de la Fed se infirió que habrá una baja de la tasa de interés este año; sin embargo, es posible que sean dos si el mercado de trabajo no se recupera y la inflación se mantiene estable.
¿Cómo puede impactar esto en Uruguay?
Cuando la tasa de interés global baja, las condiciones financieras se vuelven más benévolas y los capitales ingresan a las economías emergentes como la uruguaya. La buena reputación internacional de Uruguay, a pesar del alto déficit fiscal que exhibe, hace presumir que ingresarán capitales, lo que presionaría a la baja el ya deprimido valor del dólar. Esto afectará la competitividad del sector exportador, pero además vuelve menos competitiva la producción nacional que compite con productos importados, impactando negativamente en sectores como el turístico y la industria, que a raíz de una apreciación real temporal puede que se vea comprometidala viabilidad de estas empresas intensivas en mano de obra y claves para el desarrollo productivo nacional.
La buena noticia es que la baja global de la tasa de interés disminuye el costo de los créditos que permite disminuir el costo de financiamiento de las empresas para afrontar el financiamiento de su capital de trabajo y nuevas inversiones. Sin embargo, salvo escasas excepciones, esta buena noticia no compensa el problema del “dólar bajo”.
La competitividad no está solo determinada por el valor del dólar. La estabilidad de las reglas de juego, la capacitación de la mano de obra, los costos de producción como combustibles y energía, la eficiencia del Estado en tener una carga tributaria baja y la menor burocracia posible, así como la calidad de la infraestructura, son cuestiones clave. Pero a corto plazo, el tipo de cambio es una variable crucial.
En los años 90, durante el proceso de desinflación de la economía, la política monetaria estuvo acompañada de una política fiscal muy contractiva y la desindexación de los salarios. Esto proporcionaba consistencia macroeconómica y permitía utilizar el dólar como ancla nominal dentro de una banda de flotación. Recordemos que sin prejuicio de la consistencia macro, el “atraso cambiario” impacto brutalmente en el sector exportador.
A diferencia de aquel momento, el actual proceso de reducción de la inflación, que busca salir de la “zona de confort” del 8% a aproximadamente 4% +/- 2%, se ha logrado con una política monetaria muy contractiva, que ha estado acompañada de una política fiscal expansiva, un dólar libre y rigideces internas derivadas de precios indexados y mercados poco eficientes. Como resultado, el tipo de cambio real se encuentra apreciado, por fuera de los fundamentos según todas las mediciones disponibles.
Intervenir en el mercado de cambios no resolverá los problemas de fondo de competitividad del país. Es indispensable tomar acciones de política pública para evitar un colapso de micro, pequeñas y medianas empresas, tanto exportadoras como productoras nacionales, expuestas a la competencia internacional.
La apreciación real tiene como problema de base el déficit fiscal, que cerró en abril en 4,2% del PIB y es probable que termine el próximo año en 4,5%, ergo similar a la situación de 2019. Pero se deben buscar otras medidas, como incentivar el ahorro de las familias y permitir canalizar ese ahorro al extranjero o que las AFAPs inviertan en el exterior, así como evitar el ingreso de capitales golondrina que únicamente buscan rentabilidades de corto plazo. Ninguna de estas medidas es una bala de plata en sí misma, pero la suma de las mismas podría contribuir a apaciguar la situación.
En el futuro próximo, una baja en la tasa de interés internacional que provoque un ingreso de capitales sin un cambio de paradigma en la política económica, resultando en una apreciación del dólar, podría tener costos irreversibles en el tejido productivo nacional.