La bendición
Por el Padre Martín Ponce De León
Me encontraba caminando por una de las veredas de la ciudad cuando, despertando mi atención, una persona se levanta luego de estar zambullido en uno de los contenedores de basura que junto al cordón se encuentra. Miro con atención y veo que es una persona a quien conozco por su apodo.
Cuando me acerco le saludo y él corresponde a mi saludo. “¿Buscando algo que se pueda rescatar?” le pregunto. Él me responde con un: “Siempre se rescata algo” y amaga volver a zambullirse en aquel contenedor, pero antes de hacerlo se da vuelta y se pone frente a mí sacándose el sombrero e inclinándose un algo: “Deme la bendición, Padre”. Le doy la bendición y añado un: “Que tengas mucha suerte”. Se puso el sombrero y volvió a zambullirse en el contenedor. Mientras lo hacía escucho que me dice: “Gracias y que a usted le vaya muy bien hoy y que Dios lo colme de bendiciones”
Continué mi camino mientras él continuaba su búsqueda. Mientras me alejaba no podía dejar de desearle que, ojalá, encontrase algo. Hacer tal cosa sería, sin dudarlo, la mejor bendición que Dios le podría regalar.
Debo reconocer que el hecho que respondan a un saludo significa mucho para mí, que me dirijan la palabra me resulta muy gratificante y el que me haya solicitado la bendición me colmó de dicha (tengo una amiga que me diría que soy un lucido por sentir así.Pero, así como no puedo evitar tal manera de sentir, tampoco tengo razón para evitar compartirlo con ustedes. Tal cosa es un honor para mí)
Poco después me preguntaba qué sentido podía tener, para él, la solicitud de una bendición. Lo primero que venía a mi mente era el que, sin duda, era un algo importante puesto que todos sus gestos así lo indicaban. Dejó su tarea, se quitó el sombrero y se inclinó para recibirla. Era un algo al que le otorgaba una concreta importancia.
Todo lo demás son suposiciones que me realizaba mientras continuaba mi camino. Se me ocurre suponer que la soledad ha de ser una de las realidades más sentidas en su vida y, por lo tanto, el sentir Dios le acompaña no le ha de resultar indiferente. Es salir al encuentro del “rescate” de algo y saber no está solo ha de ser importante.
También, lo supongo, ha de ser un pedido de protección y cuidado al único que, verdaderamente, lo ha de cuidar. No ha de ser sencillo el convivir con el recuerdo de algunos, que, llevando su mismo estilo de vida, por diversas razones dejan de ser parte del paisaje callejero. (El fue uno de los que perdió a su amigo “el Racha”)
Sin lugar a dudas, Dios lo cuida y acompaña puesto que son los preferidos del Hijo. Él vino para las “ovejas descarriadas” y ellos son parte de esas ovejas.
Descarriadas porque se han ido, por diversas circunstancias, al margen de la sociedad y, no faltan, aquellos que los marginan un algo más.
Descarriados porque han bajado los brazos y se resignan a, día a día, ir dejando trozos de su dignidad personal y la misma ya está hecha girones entre algunos zaguanes o algunos muros de la ciudad.
Descarriados, puesto ya no hacen otra cosa que pedir o hurgar y limitarse a sobrevivir. Para ellos los días son una suerte de lucha por la sobrevivencia sin importar el hambre, la suciedad o la dignidad. Así como su piel está curtida por el sol y el viento, su espíritu está más curtido por la indiferencia o el desprecio o la soledad.
Ojalá, él, pudiese sentir que Dios le acompañaba. Tan feliz como sentía yo ante su pedido de “la bendición”
Por otra parte, pensaba yo que, ya está tan curtido que nada le importa y, por ello, hacer un alto en su búsqueda matutina, para solicitar, en plena vereda, la bendición.