viernes 2 de diciembre, 2022
  • 8 am

La otra epidemia

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
La observación minuciosa de cualquier acontecimiento revela “secretos” que pasan desapercibido cuando se procede en forma desordenada o caótica.
Cada acontecimiento encierra toda la información necesaria para proceder en forma certera, simplemente hay que ponerse a pensar, cotejar hechos, tomarse el tiempo suficiente, observar, razonar, encontrar los errores antes de cometerlos, dado que un error en ocasiones sólo nos lleva a tener que volver a hacer de nuevo lo que nos salió mal, pero en otras ocasiones, esos errores tiene consecuencias irreparables, sobre todo si se comenten en el manejo de la salud de una persona, de un conjunto de personas o de una comunidad entera.
Cualquier organismo vivo tiene sus debilidades incluyendo al ser humano y más allá del deterioro biológico que cada uno sufre con el correr del tiempo, existen innumerables circunstancias que nos llevan a enfermar como consecuencia de la exposición a ciertas noxas ya conocidas pero a pesar de los grandes progresos que ha tenido la medicina, aún se ignoran las causas de muchas enfermedades.
Si esto es así ahora, antiguamente, se ignoraba mucho más acerca de las causas de las enfermedades y hoy día sabemos que habitualmente estamos expuestos a enfermedades infecciosas provocadas por virus, bacterias, hongos, parásitos, bacilos entre otros tantos, se trata de organismos microscópicos imposibles de apreciar si no se cuenta con recursos técnicos adecuados, sin embargo, hasta hace unos ciento cincuenta años se ignoraba acerca de existencia de microorganismos y que estos eran capaces de reproducirse sobre una herida o ingresar al organismo generando enfermedades infecciosas que se podían trasmitir de una persona a otra.
Louis Pasteur fue el primero que demostró que las infecciones eran producidas por seres vivos microscópicos y que se podían trasmitir de una persona a otra si no se toman las medidas adecuadas de higiene para disminuir la trasmisión interpersonal.
Unos veinte años antes, Ignaz Philipp Semmelweis, médico obstetra de origen Húngaro, había observado que en el hospital general de Viena, donde se atendían partos, la mortalidad de mujeres puérperas era en promedio del diez por ciento llegando en ocasiones a un treinta por ciento en las salas donde atendían los médicos obstetras, mientras que en las salas atendidas por matronas la mortalidad era de tres a cinco veces menor e incluso, las mujeres que parían fuera del hospital, tenían mucho menos casos de la llamada fiebre puerperal y mucho menor de porcentaje de muertes.
Por todo esto, basado en sus observaciones, propuso, como método de prevención, el lavado sistemático de las manos y del instrumental utilizado con una solución de hipoclorito cálcico, dado que los médicos obstetras y estudiantes, pasaban de la sala de autopsias a la atención de partos sin haber usado ningún medio de protección y sin lavarse las manos, en esa época se ignoraba de la existencia de los microbios.
A partir de mil ochocientos cuarenta y siete, en la sala que Semmelweis dirigía, disminuyeron dramáticamente los casos de fiebre puerperal a poco más del uno por ciento, a pesar de estas comprobaciones, prestigiosos médicos obstetras de la época no sólo ignoraron sino que criticaron ferozmente sus recomendaciones, sintiéndose ofendidos por ser marcados como responsables de la muerte de un alto porcentaje de puérperas.
Tuvieron que transcurrir veinte años hasta que Louis Pasteur demostrara la existencia de microorganismos y su capacidad de trasmisión a consecuencia falta de normas de higiene.
La soberbia de los distinguidos profesores de la época hizo que siguieron ignorando y negándose a aplicar las normas de higiene diciendo que eran una falacia a pesar de las evidencias demostradas, siendo responsables de la muerte de miles de mujeres luego del parto.
Pasaron ciento cincuenta años del descubrimiento de los microorganismos y la medicina a progresado a pasos agigantados, el descubrimiento de los antibióticos ya hace cerca de un siglo dio vuelta el destino de la muerte por infecciones, sin embargo, a pesar de tantos avances, la correcta higiene, el lavado correcto de manos, la desinfección de los materiales médicos y objetos de manipulación corriente, sigue siendo trascendente en el combate de la infecciones al igual que cuando lo postuló Semmelweis hace más de ciento setenta años, herramienta trascendente para cada vez que se instala una epidemia de alguna enfermedad infecciosa o sin ella, pero hay otra epidemia muy difícil de combatir, la que genera la soberbia y la ignorancia de quienes se niegan a aceptar las evidencias y asumen conductas tan o más temerarias que la propia existencia de las enfermedades infecciosas epidémicas porque conspiran contra cualquier propósito racional para combatirlas.