Miércoles 5 de agosto, 2020
  • 8 am

Tragedia

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Padre Martín
Ponce De León
Durante mucho tiempo me llamo la atención aquellas personas que vivían al costado de un monte de eucaliptus.
Averigüé algunas cosas y me dijeron vivían así y allí desde hacía un buen tiempo.
Poco tiempo después les encuentro viviendo en otro lugar.
Pobreza, dejadez y un poco más de pobreza.
En oportunidades se podían ver a todos los ocupantes del lugar sentados junto a un fuego en el frente de la casa.
Intenté conversar con ellos pero nunca he tenido mucha suerte.
Algún saludo y respuestas en monosílabas. Nunca mucho más que eso.
En una oportunidad recibí mayor información sobre la realidad de ellos y tal cosa me hizo crecer en el deseo de acercarme un poco más a ellos pero no lo he logrado.
Todo dice de una realidad donde la pobreza es más humana que material.
La pobreza material es demasiado evidente como para no tenerla presente a simple vista.
La pobreza humana se esconde detrás de esos rostros huraños que miran con desconfianza.
Esa pobreza humana se deja ver en el alcohol que suele estar presente en algunos (mayoría) de los integrantes de aquella familia.
La pobreza se deja ver en las diversas situaciones violentas que ellos han sabido vivir.
Cada vez que me he acercado con el intento de intercambiar unas palabras la dueña de casa se levanta de junto al fuego y se esconde dentro de su casa.
Hoy sé que, tal vez, la señora viva bajo la sombra del miedo y por ello su huir de la presencia de un extraño.
La de ellos es una realidad a la que me resisto a resignarme.
Sus monosílabos no pueden impedirme mantenerme a distancia.
Sobradamente sé que no puedo imponer mi presencia pero, tampoco, puedo resignarme a mantenerme distante.
Es una situación que me interpela y me conmueve.
Es una realidad revulsiva que se ha instalado en mi interior motivándome a hacer algo.
Ni idea poseo de lo que puedo hacer pero sé que no puedo limitarme a pasar delante de su casa y saludar esbozando una sonrisa.
Ni idea poseo de cuál puede ser la llave que me permita acercarme a ellos.
No pretendo revertir la situación en la que viven.
No pretendo conocer de primera mano la tragedia en la que están inmersos.
Solamente pretendo hacerles saber no están solos y me importan como personas.
Solamente pretendo hacerles saber que la situación en que viven no es motivo para sentir les dejo en la vera del camino.
No siento que la realidad que se ve me está pidiendo haga algo. Lo de ellos es mucho más que un pedido. Es un grito y no puedo dejar de escucharle.
Pero cada intento de acercarme a ellos me deja la amarga sensación de no haber logrado algo.
Podría refugiarme en la convicción de que no se dejan ayudar pero algo me dice debo volver a intentarlo.
Su lejanía no es producto de un no necesitar sino de… ¡vaya a saber cuáles son sus motivos! Y debo volver a intentarlo.
Cuando la realidad humana está envuelta en tragedia, supongo yo, ha de ser muy difícil permitir que un extraño se acerque.
Le sacaron una pensión y le recomendaron cuidara esa plata, que no la malgastara y, entonces, decidió no gastarla. Cuando la internaron con desnutrición llamó la atención aquella importante cantidad de dinero que guardaba entre sus ropas. No comía pero no había gastado la plata. Había cumplido con lo que le habían dicho.
Realidad colmada de tragedia ante la que no se puede ser indiferente.