Domingo 7 de marzo, 2021
  • 8 am

Feliz de vivir o vivir feliz

Gisela Caram
Por

Gisela Caram

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Inmaculada Concepción

Ps. Gisela Caram*
La felicidad es un tema abordado en libros de autoayuda, audios de YouTube, conferencias, etc.
Pensar en la felicidad como un estado constante es un imposible.
La necesidad de sentirse bien rápidamente, trampea y lleva a veces por caminos oscuros y sin salida. Donde la pérdida de la libertad de la salud integral es el precio.
Los motivos para sentirse bien son diferentes para cada uno. La búsqueda de felicidad está presente en las personas y pasa por un ideal de completud y satisfacción, que si bien se presenta en diferentes momentos y por distintas razones, no son constantes.
La esperanza de la eterna felicidad, final de los cuentos de hadas que escuchamos desde que fuimos niños, “y vivieron felices para siempre”, es parte de las creencias limitantes que han ido alimentando la ilusión de un ideal.
Podemos pasar una vida esperando “el final feliz”, o disfrutar de momentos donde la simpleza de las cosas nos llena el alma. Y en esos ideales de eternidad, se acoda la esperanza.
¿Es posible vivir sin que los sucesos me afecten?
¿Es posible vivir sin emociones? ¿Sin afectación?
Eso de creer en la felicidad constante, es como vivir corriendo atrás de algo desesperadamente.
El precio para anestesiar el dolor, el sufrimiento y cualquier emoción displacentera, puede encontrarse ya, en químicos o aditivos que consumamos del afuera, pero el efecto de felicidad será efímero.
La cuestión está en transitar ese tiempo de construcción, de camino de frustraciones para encontrarse con lo que se quiere, con lo que se desea.
No hay satisfacción sin camino recorrido. Cuanto más inmediato sea, más superficial y corto será el tiempo de satisfacción.
De ahí que cómo todo tiene que ser ya, las personas no se permiten el tiempo de espera. El transitar hacia…
Ser paciente es parte del manejo de las emociones negativas, de la ansiedad irrefrenable.
Vivimos en tiempos donde “lo líquido” nos hace correr y resbalar sin saber bien qué queremos, dónde vamos y mucho menos cómo nos sentimos.
Sentirse bien es darse permiso para poder vivir conectado con uno mismo, aunque me sienta mal o triste, enojado, angustiado, estados que muchas veces no quiero ni pensar y solo huir cómo sea, porque tengo que sentir “seguridad”.
Hacerme cargo de mi mismo, responsable de mi libertad, es forcejear con todo lo que la sociedad de consumo me ofrece para salir rápidamente de lo displacentero o disgustante.
No es lo mismo sentirse “feliz de vivir”, que “ vivir feliz”, el primero tiene que ver con un estado de aceptación de la realidad que a cada uno le toca, sin caer en depresiones por lo que no se tiene, sino en paz por lo que se ha conseguido.
En la metáfora del vaso lleno y el vaso vacío, uno ve desde su subjetividad. Podemos ver el vaso lleno de oportunidades, de sueños, de proyectos, que pueden darse o no, pero que si los quiero, mi vida tendrá sentido. No puedo querer algo y esperar que me llegue mágicamente, o que otro lo resuelva por mí, capaz tiene que ver con el ser consecuente entre el querer y hacer; sobretodo darme esa brecha de incertidumbre para aceptar que puede o no pasar lo que quiero, si pasa bien, y si no, no se termina el mundo.
Solo desde esta incerteza en la que estamos aprendiendo a enfrentar este 2020 de pandemia, cada uno se conecta con sus miedos, sus puedo y no puedo, y cada uno mira para adentro, y admite cuanto está dispuesto a invertir de su mundo interno sin garantías ni grandes expectativas, de manera que las sorpresas del camino, sean una fiesta.
*Especialista en Vínculos