Entre el remedio y la palabra
Por el Dr. César Suárez
En una oportunidad, Estando en un mí consultorio con un paciente, le daba las instrucciones el tratamiento de un eccema que tenía en la piel de una pierna.
Entre las indicaciones, le recomendaba evitar el uso de jabón en el área afectada y que debía sustituirlo por una solución con borato de sodio, (un polvo blanco que se disuelve en agua).
“Hierva un litro de agua, déjela enfriar, y estando fría, agréguele una cucharada sopera de borato de sodio al ras y ya está pronto para usar”.
Le indiqué otros medicamentos y le di otras instrucciones y al final realicé las recetas. Le pregunté si había comprendido a lo que me respondió que sí, pero ante algún gesto de duda, insistí, a lo que dijo, lo que no me quedó claro eso de lavarme con agua ras.
¿Agua ras?
No hombre, una cucharada sopera al ras.
Cuantas veces el paciente comprende mal o parcialmente una indicación médica y ante la duda no se anima a preguntar y por consiguiente, los resultados no se van ajustar al propósito o incluso, llegar a un resultado contrario al efecto deseado.
En ocasiones resulta difícil trasmitir un mensaje para que el interlocutor pueda comprenderlo de la forma más aproximada o tal como el emisor lo concibe, en ocasiones no resulta fácil expresar en palabras, exactamente lo que se quiere decir o trasmitir y su comprensión no sólo depende de la capacidad de expresión sino de la capacidad de recepción que cada uno tenga, por lo pronto, ambas partes deberían expresarse en el mismo idioma para poderse entender.
Cada idioma tiene reglas que se han ido perfeccionado con el correr del tiempo y reúnen en un diccionario administrado por la propia academia cada idioma, las múltiples definiciones de cada término y de cada concepto con el fin de que todos podamos ponernos más o menos de acuerdo acerca de qué cosa se está hablando, en medicina o en cualquier otro rubro.
A pesar de todas las herramientas de comunicación disponibles, terminar por entenderse entre una y otra parte, en ocasiones no resulta sencillo pero resulta vital encontrar la mejor manera sobre todo en el caso del intercambio entre el paciente y el médico en el ámbito del consultorio.
Cada síntoma asienta en cualquier sitio de toda la humanidad de cada uno, en cada órgano sólido o hueco y también sobre la personalidad y se revuelve al ritmo de las ideas y el pensamiento que lo agranda o lo achica, lo sublima o lo exacerba de acuerdo a la percepción que cada uno tiene y a las versiones variopintas surgidas de las opiniones de cualquiera que sin ser médico opina como si tal y al toque, diagnostica, da consejos, indica tratamientos, desautoriza la opinión de los profesionales, y todo esto carecería de importancia si no fuera que hay una enorme cantidad de personas que terminan por hacer lo que el aficionado le aconseja.
Seguramente y en diferente escala, en muchos casos, los propios profesionales médicos somos responsables por no encontrar el “idioma” justo o el ámbito adecuado para comprender y comunicar a cada paciente el justo mensaje acorde a las expectativas de cada uno.
Es frecuente que se establezca una brecha entre lo que el médico intenta trasmitir y lo que el paciente logra comprender y de lo que comprende, cuanto de eso está dispuesto a cumplir, o porque no tiene ganas, porque no tiene tiempo, porque no tiene medios o simplemente porque se olvida.
La medicina progresa a pasos agigantados, nuevos recursos terapéuticos surgen por doquier pero la clave sigue siendo la relación médico paciente, la comunicación fluida y eficiente, la compresión cabal de la circunstancia de cada individuo y en cada ocasión, mucho más allá la molestia física, no existe mejor remedio que una comunicación afable y sincera del paciente con su médico y con el equipo que lo asiste.