Martes 26 de octubre, 2021
  • 8 am

La pesca

César Suárez
Por

César Suárez

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Por el Dr. César Suárez
Cada uno se divierte como quiere, hay entretenimientos que yo no entiendo, sin embargo, hay gente que se apasiona por pasatiempos que yo no concibo.
Para mí no debe haber cosa más aburrida que ir a pescar, sentarme a la orilla de un río, laguna, o arrollo y esperar que algún pez se le ocurra “picar”, se me arruga el cerebro.
Claro, uno no vive solo en este mundo, uno es un ser social, y cuando a uno lo invitan en forma insistente para compartir una actividad, un día, termina cediendo.
Hace muchos años, acepté ir a pescar con mi suegro y con mi concuñado “El Microscopio” al Parque José Luis.
Una noche de verano, con todos los insumos, agarramos para ahí, yo solamente fui, sólo aportando mi humanidad porque no tenía la más remota idea acerca del arte de la pesca.
Llegamos, nos instalamos a la orilla del río, nos sentamos en una silla plegables que habíamos llevado. No bien llegamos, los mosquitos nos dieron la bienvenida, se ve que nos estaban esperando, como yo no tenía idea de tal recibimiento, lo único que tenía para defenderme era las dos manos que había llevado, pero no me daban abasto.
Mientras yo me defendía a manotazos, mi suegro y mi concuñado, armaban sus cañas, sus aparejos y sus anzuelos como si nada.
Al final, me cansé de mirar y le pedí al Microscopio que enseñara a pescar, me armó un anzuelo con una plomada, me pidió que la reboleara para lanzarla lejos hacia el río.
Comencé a rebolear y cuando me pareció, solté la piola, pero se ve que fue a destiempo porque la plomada, en vez de ir hacia al río, salió para arriba, y como todo lo que sube, baja, a los pocos segundos, cayó, pasándome a centímetros de mi cabeza. Volví a insistir y esta vez, la plomada fue bien lejos, tanto, que el otro extremo de la piola, atado a una tabla, también marchó hacia al río porque yo no sabía que había pisarla para no perderla.
La tabla, la tabla, me dijeron los dos a coro y yo instintivamente, salí corriendo detrás de la tabla que ya se alejaba un par de metros de la orilla. Pensando que era llano, me descalsé de mis chinelas y me metía al agua sin imaginar, que, en ese lugar, había como dos metros de profundidad, y yo que andaba de ropa de calle, me zambullí con toda mi humanidad saliendo todo empapado no sin ayuda del Microscopio
Pero como hacía calor, no tuve consecuencias y me puse a esperar y enseguida comencé a sacar bagres denominados venenosos, peces pequeños, inútiles, pero que tienen unas púas “venenosas” que si te pinchan te queda doliendo por varios días y para peor no sirven para comer.
Yo no quería pincharme con las púas venenosas, así que cada vez que sacaba uno, le pedía al Microscopia que lo sacara del anzuelo.
Al final yo los sacaba, uno tras otro y le pedía al Microscopio que los sacaba del anzuelo porque yo no me animaba a asumir el riesgo.
Al final saqué uno un poquito más grande y le pregunté al Microscopio si ese también es un venenoso, y ya cansado de tanta impertinencia, me contestó “no si vua a ser un antídoto”.
Por suerte al final, después de varias horas, para mi suerte, decidieron regresar. Yo volví todo picado por los mosquitos, y ellos, con los mismos peces que habían ido; ninguno. No daba ni para mentir.
Ese día me terminé de convencer que la pesca no era para mí y que jamás volvería a agarrar ni un aparejo ni un anzuelo, ni una caña de pescar, que, a lo sumo, de vez en cuando, cuando quiero comer pescado, los consigo empaquetados en la casa de los congelados que cerca de mi casa.