viernes 3 de febrero, 2023
  • 8 am

Obsesiv@s

Gisela Caram
Por

Gisela Caram

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Ps. Gisela Caram
Todos tenemos rasgos obsesivos, y a partir del 2020, donde “lávate las manos”, “sácate los zapatos”, “lava todo treinta veces”, fue más que naturalizado.
Ahora bien, cuando aparece la duda constante, “¿me habré lavado bien las manos?” “¿habré traído algún virus de la calle?”, a lo que se suma también, “¿cerré la puerta?…“¿la habré cerrado?”, “¿habré hecho bien en decir esto?”, “¿Pensarán mal de mí?”
La duda, la preocupación obsesiva, esa que se repite y da vueltas en la cabeza no dejando en paz a la persona que invade, es propio de un tipo de pensamiento obsesivo, que se puede tornar torturante.
Cuando se vive con esos pensamientos recurrentes u otros, pero que taladran sin cesar, es realmente difícil convivir con ellos, y para quien está al lado o cerca, lo es más.
Hay que diferenciar entre rasgos obsesivos y lo que es un trastorno obsesivo.
Los rasgos serían por ejemplo: tener las cosas en orden llegar antes por temor a llegar tarde cuando las dudas se manifiestan, pero no en forma constante
En el trastorno obsesivo, hay una postergación permanente de hacer lo que se quiere. Evitar el quedar bajo el otro, lo quieren solucionar solos, “yo puedo solo con esto”
Postergar y dilatar todo lo que tienen ganas de hacer por miedo a quedar atrapado o dependiente del otro. No hay lugar para el deseo propio, hay sí, que complacer al otro, sacrificarse por el otro, en favor de la moral y del buen cuidar de otro.
Buscan etiquetarse por los demás como “buenos”.
Cuando estas personalidades que viven en función de la moral y la justicia, detectan que hay injusticias, es decir, que el otro no retribuye como el espera por su sacrificio, es decir, el otro no cumple con reciprocidad, se enoja exageradamente.
Ahí se permite sacar la rabia y la agresividad contenida, que es lo que predomina en estas personalidades, una represión del impulso agresivo.
Lo que el obsesivo REPRIME, es la parte sádica, el daño que en el fondo, le quiere causar al otro, e intenta mostrar lo bueno que es, para compensar este impulso.
Cuando se da cuenta de esta rabia, siente malestar y culpa, así que, para disminuir este sentimiento de culpa, vuelve al comienzo del circuito: complaciendo.
¿Culpa por qué? Por el pensamiento de ira que invade al obsesivo: “yo me sacrifico por ti, y tú por mí, no haces nada, eso me da mucha rabia, y como siento esa rabia tan profunda, me siento culpable, porque soy malo”, o también está esa bronca y castigar al otro, porque se permite, lo que él, no puede permitirse (liberar el deseo)
Al llegar a este punto del mecanismo con el que se maneja, vuelve a empezar: da todo al otro, lo complace y luego cuando no es valorado, se enoja, y eso se repite permanentemente en su cabeza.
En el fondo es no poder aceptar que necesita algo del otro.
Pero sí acepta que necesita complacer al otro, en post de un bien mayor, en post de una buena moral…
Generalmente estas personas, están sujetas a mandatos familiares, “hay que ser así o asá”, “hay que casarse”, “hay que tener hijos”, “hay que ser hombre” “hay que ser mujer”, y en el fondo no es lo que quieren.
Complacen a quienes les trasmitieron los mandatos, en el fondo sienten que hacen un sacrificio y, se descargan la furia con quienes tienen al lado.
Muchas veces, personalidades con estas características, buscan otras que se caracterizan porque nunca están satisfechas, viven quejándose y sintiéndose insatisfechas…
De esta manera, le sirve esa queja para desarrollar su circuito y descargar sus broncas contenidas.
¿Qué se hace con éstos sufrimientos? Primer paso darse cuenta que se los tiene, lo cual es difícil, pues aceptar frente a otro que necesito algo, es un problema…
Hay muchos tips, que se encuentran en internet, de cambio en las conductas para minimizar o desviar estos pensamientos recurrentes.
Otros caminos tienen que ver con entender por qué me pasa esto, llegar al fondo y suavizar, aprender a liberar sentimientos sin miedo, entregarse al amor, a la creatividad e ir tomando la rienda de sí mismos.