jueves 3 de abril, 2025
  • 8 am

Con vida y sabor

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Avisos judiaciales

Por el Padre Martín Ponce De León
Los personajes se dirigían hacia el lugar que se les había asignado. Ya, casi, era la mitad de lo establecido y todo iba saliendo como si se hubiese ensayado en muchísimas oportunidades. Lo que venía a continuación no ofrecía posibilidades de desatinos.
Una extraña sensación se apoderó de mí. Era llevar adelante un sueño y todo salía, casi, como de ensueño. Era Navidad y no había lugar a dudas.
La sencillez y la pobreza era una presencia demasiado notoria como para ser ignorada.
Poco a poco se fueron acercando niños dispuestos a dar la mano de su presencia, inquietud y movimiento. Los jóvenes se preocupaban de poder tener claro su rol, la ausencia de algún ensayo se hacía notoria. Algunos adultos, también manifestaban su deseo de participar.
Llegó la persona que habría de amplificar los textos y la música y comenzaron a sonar villancicos. Ello atrajo a un grupo notorio de público.
Se me acerca una persona para decirme que ya era la hora y, si estaba todo pronto, se podía comenzar. Era cuestión de recorrer los diversos grupos anunciando el comienzo y, así, se hizo.
Silencio. Un profundo silencio iba ganando a los presentes que se limitaban a escuchar y observar. Era su mejor forma de participar y así lo hicieron hasta el final.
El sol, parecería, quiso unirse a la fiesta y brillaba tibio como para que nadie lamentara su ausencia o alguien se quejase de su poderosa presencia.
En el barrio suelen encontrarse gran cantidad de canes, pero, tal vez, alguien los contrató para que se sumaran a lo representado. Al igual que las tres ovejas que nos habían prestado, cumplieron con su rol con total tranquilidad, silencio y quietud.
Los participantes fueron llenando el espacio establecido como lugar donde se desarrollaba el nacimiento del niño y la presencia de su madre y su esposo. El lugar parecía pequeño.
En un determinado momento miro hacia el lugar en que se encontraba el pesebre y veo a “María” alzando el niño y regalándole una delicadísima sonrisa y tal imagen me hizo decirme que ya era Navidad. Eso es Navidad: lo humano sonríe alzando al amor de Dios hecho niño y presente en nuestra historia
Cuando Jesús nace en nuestra vida, todo parece pequeño puesto que él se encarga de ocupar todos los espacios para que todas las presencias se unan y tengan su lugar.
Cuando Jesús nace en nuestra vida, ya no hay más lugar para las durezas de la existencia puesto que todo se colma de su fragilidad y ternura.
Desde lejos, utilizando un carro, aparecieron los magos con sus presentes que nunca quedan en el Niño, sino que se reparten entre los presentes. Eso fue lo que se hizo y permitió que el sabor de la Navidad se hiciese sonrisa en muchos rostros, se hiciese jugo que se compartía y dulces que se saboreaban.
Era un sueño y se hizo realidad porque muchas manos lo hicieron posible. Era un sueño y se quedó en la memoria de muchos que pudieron disfrutarlo, pero, de manera muy particular, en el interior de aquella persona que lo había soñado.
Si uno debiese terminar este artículo agradeciendo a todas las personas que lo hicieron posible, debería concluir con una serie muy nutrida de nombres que no hacen al relato.
Son nombres que se quedan guardados junto con todas las imágenes de lo celebrado.
En mi interior crecía una inmensa satisfacción. Todo había concluido con la certeza de que, allí, en la pobreza y sencillez del barrio, había quedado un trozo de vida colmado de ternura y todo tenía sabor a Navidad