lunes 5 de diciembre, 2022
  • 8 am

Una declaración de guerra

Leonardo Vinci
Por

Leonardo Vinci

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Por Leonardo Vinci.

“La Diaria” publicó un artículo bajo el título “Derribar un relato: el mensaje detrás de la tirada de estatuas” en el que una antropóloga y un activista de grupos indigenistas, que se creen portavoces de toda “la sociedad civil organizada”, dicen que la misma, “está derribando estatuas de colonizadores, esclavistas, torturadores y genocidas en todas partes del mundo. (Y) Muchas veces lo hace de forma violenta.”
Si se tiran estatuas es porque “ya no se tolera que sigan vigentes los símbolos del colonialismo”, dice Martín Delgado, quien también se refiere al “colonialismo interno de las repúblicas criollas” con figuras como la de Fructuoso Rivera en Uruguay.
¿Qué tendrá que ver el más importante soldado de la independencia de la patria con los colonizadores, esclavistas, torturadores y genocidas?
No podía decirse disparate más grande, que al mismo tiempo es un insulto a nuestra inteligencia.
En dicha publicación también leemos que “El primer presidente constitucional de la República, en cuyo honor se erige una estatua ecuestre de bronce en una de las entradas de la terminal de ómnibus de Tres Cruces, en Montevideo, es señalado como el principal ideólogo del genocidio charrúa en Salsipuedes.”
¿Señalado por quienes?
Seguramente, por individuos que han dedicado sus miserables existencias a señalar que todos los buenos han estado de su lado y todos los malos del otro, a pudrir la mente de los muchachos y a dar por ciertas sus mentiras, los cuales por cierto, son merecedores del más ínfimo de los desprecios, por usar palabras de Maiztegui Casas.
Como se verá, con total desparpajo, el Sr. Delgado agravia a la principal figura de la independencia del Uruguay, y agrega que los movimientos indigenistas desde hace más de diez años realizan pedidos formales para retirar este monumento, aunque no han obtenido respuesta.
No sabemos qué les hace pensar que puedan lograrlo ahora, cuando ni siquiera durante los gobiernos frenteamplistas de Mujica y Vázquez se consideró semejante pretensión.
Para el activista, “cuando el sistema político e institucional es incapaz de incorporar las demandas de los pueblos indígenas y afrodescendientes, y de hacer un reconocimiento real de los crímenes del colonialismo, lo que queda es que los propios pueblos se expresen de forma genuina”.
Si la sociedad organizada- a la que dicen representar- no comparte sus puntos de vista, entonces lo que queda ¿es desconocer las decisiones de los gobiernos de la República, e incluso, actuar con violencia?
¡Vaya forma de pensar!
A su vez, la antropóloga Olivar ve el derribamiento de estatuas como “algo necesario”, “la última forma de sublevación”.
Esta permanente búsqueda de enemigos donde descargar sus odios y rencores, se remonta al pasado reciente, ya que una vez caído el muro de Berlín, también se derrumbó el socialismo soviético.
Fue entonces- una vez que el porvenir dejó de ser sinónimo de esperanza-cuando militantes de izquierda y de diversos “colectivos” empezaron a buscar la utopía en un pasado idealizado, por usar las palabras de Bauman.
Según este sociólogo, el siglo XX empezó como una utopía futurista y concluyó aquejado por “una epidemia global de nostalgia” y por la búsqueda de “mundos ideales ubicados en un pasado perdido, robado, abandonado…”
Sobre el tema, ha escrito González Hamilton que hoy, una oleada de reivindicaciones indigenistas recorre América y abundan las «utopías regresivas».
La utopía solía consistir en un mundo futuro que se construiría como un paraíso, pero ahora se evoca un universo feliz en el pasado al que se quiere retornar…
Lo cierto es que estos “activistas” deben entender que no hay relatos que cambien la historia ni mentiras que se transformen en verdad.
Y también deben tener claro que no hay nada más parecido a una declaración de guerra que este tipo de manifestaciones incitando a actuar con violencia.
Tendrán que hacerse cargo de sus dichos.