Miércoles 5 de agosto, 2020
  • 8 am

Dignidad y libertad

Fulvio Gutiérrez
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Fulvio Gutiérrez

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Diario

Dr. Fulvio Gutiérrez
Cuando en el correr de los años 2009 y 2014, el relator de Naciones Unidas que visitó Uruguay, remitió un informe sobre nuestro sistema carcelario, quedamos impactados. Nuestras cárceles eran un desastre, y estaban entre las peores del mundo. Se confirmaba entonces, que el art. 26 de nuestra Constitución, que dispone que las cárceles están para perseguir la reeducación de los delincuentes, la aptitud para el trabajo y la profilaxis del delito, era una inaplicable teoría, esto es, una expresión de deseo, y nada más. Varios gobiernos no fueron capaces de hincar el diente a fondo para mejorar –solo mejorar- la situación ahora confesada, y los gobiernos frentistas, que se autoproclamaron campeones en la defensa de los derechos humanos, toleraron sin disimulo esta realidad, con algunos intentos de cárceles nuevas que a poco, demostraron no ser lo ideales que deberían, sin perjuicio de los vicios de construcción de que se constataron. Pero lo más importante: no se pudo demostrar la tan mentada rehabilitación, que, en definitiva es el motivo y fin de estos esfuerzos. Menos aún, constatarla.
Hace unos días, el Ministro del Interior Dr. Jorge Larrañaga presentó en el Parlamento un Plan de Dignidad con referencia a las urgentes reformas y mejoras que pide agritos nuestro sistema carcelario, agregando un estado de situación sobre las 26 cárceles del país, en las que se albergan 12.300 presos. Las fotos y videos que acompañaron este informe, fueron impactantes y la crudeza de lo que allí se vio, asustó a más de uno. También el Comisionado Parlamentario para el Sistema Penitenciario, Dr. Juan Miguel Petit, también presentó un informe con una serie de recomendaciones. La solución a esta temática, tiene una base fundamental.
Un delincuente, es una persona que ha cometido un delito, y que por sentencia judicial, ha sido sancionado con la pérdida de la libertad ambulatoria, que si es menos a dos años se denomina prisión, y si es mayor se denomina penitenciaria. Pero pongámonos de acuerdo: el preso pierde la libertad ambulatoria, pero no debe perder su dignidad. Esto es lo que el gobierno debe entender de una buena vez. La dignidad, hace referencia al valor inherente del ser humano por el simple hecho de serlo, en cuanto ser racional dotado de libertad. No se trata de una cualidad otorgada por nadie. Es inherente al ser humano. Nace con él, y lo sigue toda la vida. Es entonces, un derecho fundamental que tiene todo ser humano (un preso también) de ser respetado y valorado como tal, con sus características y condiciones particulares, por el solo hecho de ser persona.
Es verdad que hay delincuentes que son irrecuperables y que jamás serán rehabilitados. Pero son una excepción a la regla, que es la que regula la generalidad de las conductas humanas. Apostemos entonces a recuperar esa generalidad. Mejoremos nuestras cárceles desde el punto de vista edilicio, reduzcamos su tamaño, preparemos funcionarios especializados en esta temática, obliguemos a los presos a que estudien o trabajen, pero no cometamos el error de que por ese solo hecho, se los considere rehabilitados. La conducta de los presos debe ser evaluada, y la rehabilitación deberá ser consecuencia de esa evaluación. Precisamente, por su propia dignidad.