sábado 24 de septiembre, 2022
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Rivera y el acuerdo de Irere-Ambá: «¡Aquí me quedo!»

Leonardo Vinci
Por

Leonardo Vinci

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Por Leonardo Vinci.
El General Fructuoso Rivera, triunfando en Guayabos, nos hizo libres a los orientales de toda ocupación extranjera en 1815.
Acompañó a Artigas hasta el final, y ante la inevitable derrota, pactó la rendición con el enemigo, evitando la completa desaparición de nuestros últimos hombres armados.
Vistió el uniforme portugués en la Provincia Cisplatina al igual que Lavalleja, Oribe y todos los demás capitanes pensando «… sacar partido de nuestra esclavitud para en tiempo oportuno darle al País su libertad…»
Sostuvo Lincoln Maiztegui Casas que «En los años inmediatos (1820-1825) Rivera se convirtió en el más importante caudillo oriental. Fue factor determinante para que los paisanos, en especial los beneficiarios del Reglamento artiguista de 1815, no fueran desalojados de sus tierras».
Tras el «abrazo del Monzón» ganó la batalla de Rincón y días después comandó con coraje y valentía una de las alas de nuestro ejército en la exitosa carga de Sarandí.
También afirmó el historiador que: «Cuando los jefes porteños intentaron disolver las fuerzas orientales, Rivera no lo permitió. «Con aquellos dislocamientos no sólo se aniquilarían las fuerzas de la Provincia, sino que desgarraría en trizas su autonomía, verdadero fin perseguido desde los tiempos de Artigas».
Este temprano recuerdo del gran caudillo exiliado debería ser tomado en cuenta por quienes, debido a su supina ignorancia, hacen gárgaras con las cartas que envió a Ramírez en 1820, en tiempos de ruptura».
En 1828, al frente de un puñado de hombres, regresó con la intención de arrebatarle a los brasileños las Misiones Orientales.
La idea era audaz y ambiciosa, pero la campaña fue fulminante; en 20 días el formidable caudillo conquistó todo el territorio (tan grande como el Uruguay actual). Las poblaciones lo recibían como un libertador y las escasas tropas brasileñas que allí actuaban debieron someterse. Oribe, enviado por Lavalleja a perseguirlo, atravesó el Ibicuy y marchó en busca del conquistador, pero se produjo un entendimiento entre ambos caudillos, por intercesión de Bernabé Rivera.
Oribe escribió a Lavalleja en los siguientes términos: «El mismo general Rivera, de cuyo patriotismo no debe ya dudarse, (…) es acreedor a que se le releve de la ominosa nota de traidor con que, por equivocación, lo calificó problemáticamente el Ministerio de la Guerra».
Escribió Edison González Lapeyre que «… cuando el General Fructuoso Rivera fue notificado que, conforme a la Convención Preliminar de Paz, debía abandonar el territorio de las Misiones, se encontró con la pretensión del General brasileño Sebastián Barreto exigiendo que debían ser desocupadas las tierras al Norte del río Arapey.»
Dijo también el reconocido diplomático uruguayo que «Esta actitud del gran caudillo y militar uruguayo tuvo una enorme trascendencia por cuanto consolidó la frontera Norte de nuestro país en ese río.»
Con férrea decisión Rivera se opuso y la paz peligró hasta que, tras diversas negociaciones, el 25 de diciembre se llegó al acuerdo de Irere-Ambá, por virtud del cual se convino que el ejército oriental se situaría en la margen izquierda del Cuareim.
«Aquí me quedo», dijo Don Frutos.
González Lapeyre ha citado también a Gilberto Prat de María, quien al analizar lo acontecido en esta materia expresó: «Creo que le asiste razón al historiador brasileño Calogeras cuando dice: «El Departamento que hoy tiene el glorioso nombre de Artigas, más justamente, debiera llamarse Rivera, pues éste fue quien lo conservó para el Uruguay»,
Al recordar un nuevo aniversario del acuerdo de Ireré-Ambá, honremos la memoria del gran General Uruguayo Fructuoso Rivera, a quien tanto le debe la Patria.