lunes 4 de marzo, 2024
  • 8 am

En cualquier lugar, se puede ser feliz

César Suárez
Por

César Suárez

196 opiniones

Por el Dr. César Suárez
Me acuerdo en mi niñez, en plena campaña, cuando no se disponía de ningún medio de comunicación, la gente se reunía a hablar en casas donde los vecinos se visitaba y permanecían horas hablando de cualquier cosa, o los varones solían ir a un boliche a tomarse algo, jugar a las cartas, hablar de cualquier tema, no era el Boliche el Resorte, pero se le parecía bastante, se hacían cuentos, se decían mentiras, o se exageraba, se discutía, de lo que fuera, porque a la gente el encanta discutir, confrontar, en general, opinando sin saber, pero opinando igual y como conclusión, se pasaba el rato, se sociabilizaba, se generaban amistades y hasta se intentaba de arreglar el mundo, pero con cero resultados, pero si se construía el mundo social de la vecindad con la que se convivía.
No había oferta de elementos sofisticado y si la hubiera, no había plata con que pagarla. Se comía todos los días con los que se cosechaba de la tierra, de las aves que se criaban que proporcionaban carne o huevos, así como vacas que daban leche, ovejas que daban lana y carne, cerdos y animales de tracción a sangre con los que se arrastraban los pertrechos que cultivaban la tierra.
Nadie se angustiaba por pagar servicios porque no había, no había corriente eléctrica, no había teléfono, ni cable ni mutualista, no había agua corriente, por consiguiente, no había cuotas ni al principio ni al fin de mes.
Los güirises jugábamos con cualquier cosa que encontrábamos por ahí, no había juguetes sofisticados ni de los otros, apenas alguna pelota de goma o alguna muñeca de trapo con lo que jugaban las niñas.
Armábamos yuntas de bueyes con marlos de choclo, unidos por un palito para imitar el trabajo de los mayores, subíamos arriba de los árboles, o hacíamos rodar un tanque o alguna travesura.
Se hacía harina con el trigo cosechado, se amasaba el pan en una batea y se cocinaba en un horno de ladrillos, del maíz se hacía polenta, mazamorra, se alimentaba a las gallinas que aportaban huevos colorados, se hacía una quinta donde se cosechaba, papas, boniatos, tomates con los que se hacía salsa que se conservaba en botellas, zanahorias, melones, sandías, lechugas, acelgas, y de los árboles frutales, duraznos, naranjas, mandarinas, peras, membrillos para hacer dulce, se ordeñaba vacas, teníamos leche, se hacía manteca y dulce de leche
Con el almacenero se hacía canje, se le pagaba con huevos de gallinas, con yuntas de pollos o gallinas, de vez en cuando se vendía las cosechas remanentes o cerdos, lana de oveja y con ese dinero, que no era mucho, se compraba ropa para renovar la que se gastaba, se concurría a quermeses, criollas, bailes, fiestas escolares y se pasaba bien.
No había principio ni fin de mes porque cualquier día era lo mismo lo que nos ahorraba en estrés.
Pero después vino el progreso y con eso las facturas mensuales, de luz, de agua corriente, de teléfono, de internet, de teléfono celular, del cable, de emergencia móvil; se inventaron miles de cosas útiles e inútiles, se multiplicaron los medios de comunicación, se exacerbó la publicidad incitando a tener todo de eso, entonces se comenzó a necesitar más dinero, y a trabajar más porque el dinero no alcanzaba para tanta cosa, hacer horas extras o conseguir otro laburo y quedarse sin horas para estar con la familia, pero el dinero, igual no da, entonces se inventaron las tarjeta de créditos o los créditos instantáneos para comprar un montón de cosas que ya teníamos, y si antes no alcazaba, ahora menos porque hay que sacar de los ingresos para pagar las cuotas, entonces menos alcanza y vienen los atrasos en las cuotas y los intereses de usura, se entra en mora y el paso siguiente, el cleringla angustia el estrés, el progreso le pasó por encima a un montón de gente.
Nada que ver con el “atraso” que se vivía en épocas de mi niñez. En cualquier lugar se puede ser feliz, la clave en no subirse a la rueda loca del consumismo o tener el tino de bajarse a tiempo.