jueves 6 de octubre, 2022
  • 8 am

Mirando distinto

Padre Martín Ponce de León
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Padre Martín Ponce de León

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Por el Padre Martín Ponce De León
Me invitaron a ir a un barrio y, con gusto, acepté.
En alguna oportunidad ya había ido pero, no sé debido a que, esta vez iba dispuesto a verlo como si fuese la primera vez.
Miraba aquella realidad como si ella fuese un desafío.
Miraba aquella realidad y me preguntaba qué se podría realizar.
Todo, me parecía, me observaba y cuestionaba.
Allí se podía sentir la presencia de la pobreza en todo su esplendor.
Bastaba alzar, un poco la vista, para encontrarse con ella dominante y dominándolo todo.
Como que, allí, todo era gris.
Las casas muy modestas y algunas muy rudimentarias.
Las calles acordes con las casas. Calles de tierra muy firme pero que gritan de precariedad.
Es evidente que las personas que allí se encontraban no desentonan con el aspecto que el barrio presenta.
Muy amables y atentas pero sin ocultar sus notorias carencias.
Un joven se acercó y lo primero que llamó mi atención fueron sus pies descalzos que se encontraban con un barro seco que, se notaba, hacía algunos días estaba allí.
Mis ojos se llenaban de esa realidad y, me parecía, todo era una invitación a bajar los brazos ya que todo invitaba a contagiarse del gris circundante.
Lo único colmado de colores era un cartel rodeado de maleza y mugre que hacía se perdiesen de vista los colores que permanecían en el cartel.
Me preguntaba qué sería lo primero que debería hacerse y una sola palabra me llegaba:
HUMANIZAR.
Es evidente que los pobladores de ese lugar deben de estar acostumbrados a convivir con ese gris y no se han de dar cuenta de su presencia.
Por ello es que, tal vez, resulte ridículo eso que venía a mi mente desde la realidad de la humanización. Diversos espacios donde pudiese haber plantas.
Plantas que ellos cuidarían y harían muy distintos los espacios vacíos.
Plantas junto a las calles ya que no existen las veredas. Plantas en el frente de las casas.
Plantas que podrían aportar el color de sus flores o, simplemente, el verde de sus presencias.
Sería una labor de, mil veces, volver a comenzar ya que no faltarían quienes las rompiesen o las robasen.
Sería una labor de, mil veces, comenzar puesto que, no lo dudo, muchas veces las hormigas se darían un festín con ellas.
Otra posibilidad sería comenzar a gestionar la posibilidad de algún “rincón infantil” con diversos y elementales juegos para que lo utilicen los niños del lugar.
Sí, ya lo sé, me dirán que los no tan niños se encargarán de utilizarlos y romperlos pero ello será hasta que todos se acostumbren a que es de ellos y que están siempre allí.
Ninguna de ambas cosas ha de ser una tarea sencilla pero es como para comenzar a una aproximación a la realidad de humanizar que, parecería, es muy necesaria.
Es evidente que, para ello, es necesaria una cercanía de mucho tiempo.
Una cercanía real y sencilla. La cercanía de quien comparte y no la de quien visita.
Esa cercanía que implica conocer nombres, situaciones y estar disponible.
Esa cercanía de quien no es, físicamente, del barrio pero se hace sentir como del mismo.
Humanizar es el primer paso de la evangelización que, muchas veces, restringimos a ritos o rezos.
La buena noticia de Jesús comienza por el hacer saber al otro que es una persona y tiene derecho a vivir como tal.
La buena noticia de Jesús comienza por llenar de colores y risas una realidad que puede estar llena de gris y música de cumbia.
No sé, debido a qué, aquella realidad se metió en mí como un desafío que me dejaba sin palabras ya que la necesidad de humanizar se imponía con todas sus letras